DÍA 11 – Volver a jugar

Hoy es 19 de junio, y desde hace días tenía en mente de caer improvisado en alguna escuela del interior, para vivir el día del acto. En mi caso, es también una excusa nostálgica para revivir viejos tiempos en la querida escuela de Migues, pueblo donde me criaron junto a mis cinco hermanos.    

Con expresión de sorpresa, nos recibió una pequeña alumna de la escuela que anunció la llegada a las maestras. Allí aparecieron Beatríz y Laura -maestra directora y auxiliar respectivamente- con quienes nos presentamos.

De a poco fueron apareciendo alumnos y otras personas que allí se encontraban. La cantidad de gurises en la escuela no supera los diez, lo cual nos sorprende y despiertas los comentarios.

El acto ya había terminado y algunos niños ya se habían marchado. Sin embargo, Laura y Beatriz nos invitaron a bailar con ellos la canción “A José Artigas”, un clásico del cantor popular Alfredo Zitarrosa, que habían aprendido para la ocasión. Al compás de las guitarras, niños y adultos nos mezclamos disfrutando de aquel baile.

Aquí se palpa buena energía y uno se siente “uno más” en este espacio tan familiar donde, entre mate y fainá casero, los diálogos van surgiendo con total naturalidad.

Afuera el sol invita a jugar. Con Fede nos sumamos a jugar a la “escondida” con los gurises.  Ayrton saca fotos, mientras las maestras en su papel maternal observan desde cerca el juego a la vez que conversan animadamente con Eugenia y Lucía sobre diversos asuntos de la vida misma. Todos estamos disfrutando de esta grata e inesperada jornada.

Por una de las ventanas de la escuelita surge el aroma de una cazuela, que durante horas se cocina a fuego lento. Fuimos invitados a integrar la mesa, y sin dudarlo, agradecidos aceptamos.

La abuela de Mayte, una de las pequeñas niñas que asiste a la escuelita nos muestra emocionada el dibujo que su nieta le ha regalado con motivo del “Día del abuelo”. Las maestras nos cuentan sobre algunas dificultades para trabajar aquí. La carencia de servicios de transporte que unen este lugar con la ciudad de Durazno es una de ellas,  “son pocos y están en mal estado”, dice Laura oriunda de la ciudad, al igual que Beatriz.

Otro problema es que escuela carece de juguetes y/o juegos para actividades lúdicas de los niños a la hora del recreo.

A los acostumbrados a la ruidosa vida en Montevideo, todo en este lugar nos parece cálido y sencillo. Los niños no necesitan computadoras ni play station y se divierten jugando en grupo, corriendo al sol. Los adultos disfrutan de los diálogos y no miran continuamente el reloj.

La tarde pasó entre juegos y charlas hasta que llegó el ansiado momento de comer. La mesa larga en el comedor de la escuelita donde se encuentra una gran estufa a leña. Es una imagen típicamente familiar, donde los cocineros son aplaudidos por los presentes y posteriormente se distribuyen los platos con la tentadora cazuela, que es acompañada por pan casero y refrescos.

La sobremesa se extendió por largo rato entre charlas, canto a capela y risas, hasta que todos los presentes cooperamos en las tareas de levantar la mesa, ordenar y limpiar lo que quedó.

Cuando el sol ya empezaba a bajar, decidimos emprender la marcha para seguir hacia el destino final del día, el pueblo Villa del Carmen. Nos subimos al auto nuevamente con una sonrisa pintada en nuestras caras. Una nueva jornada donde aprendimos de primera mano cómo es vivir en este rincón del paisito, con la alegre sensación de haber compartido con personas de realidades tan diferentes a las nuestras, pero tan orientales como nosotros.

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A la altura del km 203.500 de la ruta 14, camino a la localidad de Villa del Carmen nos encontramos con una carretera de balasto y un cartel que indica “Estancia La Calera”.

Con la intriga de querer conocer cómo se vive en esta zona rural, nos introducimos por dicho camino de aproximadamente un kilómetro. Allí nos topamos con una tranquera, la que abrimos para poder ingresar con nuestro auto cargado.

A lo lejos se vislumbra una casa y somos recibidos por una jauría de perros, que intranquilos ladran y corren directo hacia nosotros. El típico anuncio con las palmas, hasta que fuimos atendidos por el dueño de casa; un señor cincuentón con atuendos bien camperos que quedó un poco sorprendido por nuestra improvisada visita. No todos los días se recibe una visita tan extraña como la nuestra: cinco personas en un automóvil cargado de bolsos y bicicletas.

Como venimos haciendo durante todo el tour, nos presentamos y le contamos sobre nuestros viajes. Se presentó como Raúl y con el paso de los minutos comenzamos a entablar una cordial charla. Nos contó que se dedicaba a la cría de ganado para vender a los frigoríficos de la zona y nos detalló sobre todo el proceso, que básicamente consiste en comprar terneros (por una suma aproximada de 300 dólares cada uno), engordarlos (en diferentes etapas) y luego dejarlos prontos para el frigorífico.

El campo siempre ha sido el lugar de vida de su familia. Nos contó que tiene dos hijos estudiando en Montevideo, y que su esposa también está en la capital, debido a su trabajo profesional (escribana) por lo cual él vive solo durante la semana esperando el retorno de su familia cada viernes.

Me pregunto a mí mismo, sobre la cantidad de familias que estarán viviendo bajo la misma situación y viene a la mente aquella canción de Pablo Estramín “Morir en la capital”, que en real medida describe lo difícil que es poder seguir en el campo para quienes desean progresar en algunos ámbitos. Así y todo, Raúl parece ver la situación como natural y sobrellevarla bien.

Él y su familia vivían antes en el pueblo La Paloma, ubicado al norte del departamento y que decidieron mudarse debido al estado intransitable de la caminería. “Para ir de La Paloma a Montevideo, demorás casi nueve horas, es muy desgastante para los gurises”, señala.

El estado de los caminos se debe al constante movimiento de camiones que acarrean la madera que las empresas instaladas por aquí producen, según Raúl, “a partir de la década de los noventa, con el impulso de la forestación en Durazno, comenzó a ganar terreno el negocio”.

Pese a las dificultades que la vida aquí puede significar para muchos, Raúl y su familia siguen apostando a vivir en el campo. En definitiva éste es el lugar que los vio nacer y donde muchos como en su caso, quieren seguir viviendo.

Antes de retirarnos, observo el verde paisaje y contemplo una gran sensación de paz en este lugar. Me tomo también unos minutos en mirar a cada uno de mis compañeros de viaje: Fede disfruta de la charla con Raúl. Ayrton alimenta -por primera vez en su vida- a los potrillos. Eugenia y Lucía se divierten con los perros.

El vértigo y la velocidad de la capital aquí no existen. Todos sonreímos. Todos estamos en calma. La tranquilidad del campo se adueña de nuestras mentes y Raúl es un claro testimonio de que es posible vivir en paz, con lo justo y necesario.

El equipo de Uruguay Alternativo agradece a Raúl, de la Estancia “La Calerita” propiedad de la familia Dotta – Fossati.