DÍA 14 – Minas en junio

Sábado 22 de junio 2013.

El fuego de la estufa a leña de la cabaña en la cual estamos aquí en el Arequita se extinguió hace ya varias horas. Eso se palpa en el ambiente que ahora quedó sumamente frío. El invierno es más notorio en el campo y más aún aquí en las sierras, las mismas que inspiraron las canciones de Santiago Chalar.

Otra vez nos levantamos temprano con las mismas ganas de recorrer el paisito, aunque hoy debo decir, con la nostálgica sensación de que el viaje está por culminar. Ésta es la última jornada del segundo tour y en el fondo -si bien nadie habla de ello- nuestras caras expresan en cierta medida el inevitable final.

El primer destino de la jornada sería Valle del Hilo de la Vida, un lugar místico de gran relevancia arqueológica. La entrada se encuentra a la altura del kilómetro 346 de ruta 12, desde donde surge un camino de tosca que lleva al Valle, tras 5 kilómetros más de recorrido.

Natalia y Ayrton irían en auto con Fede, mientras que Lucía, Eugenia y yo lo haríamos en las bicis. Estamos en zona de sierras por lo cual el camino se nos hizo más difícil de lo previsto. Desde Arequita hasta el valle quedan unos 20 kilómetros, trayecto que nos llevó casi dos horas de duración.

Pasado el mediodía, quien vino desde Montevideo para reintegrarse al equipo fue Sebastián, que nos había acompañado hace exactamente una semana atrás hasta Aguas Corrientes. Seba es, además de un gran compañero y amigo, un tipo sencillo y con un gran sentido del humor. Sin dudas su presencia (o ausencia) se hace notar cuando estamos en viaje.

El tour por el Valle se nos alargó un poco más de lo esperado lo cual nos complicó la visita a otros lugares que teníamos pensado recorrer. Cerca de las cuatro de la tarde pegamos la vuelta otra vez hacia Minas, nuevamente repartidos tres en bici y el resto en automóvil. Almorzamos en el parador Arequita que nos habían sugerido por calidad y precio, lo cual efectivamente pudimos comprobar. Con el partido por la Copa Confederaciones entre Brasil e Italia de fondo, nos mandamos unas milanesas napolitanas que rindieron como almuerzo y merienda.

El sol ya se empezaba a ir, y aquí en Minas parece irse más rápido ya que las sierras “lo tapan” más temprano. En el ocaso de la jornada nos fuimos hasta la Laguna de los cuervos ubicada a pocos kilómetros del lugar. El horario de visita ya había finalizado, pero por suerte el señor que nos atendió, nos permitió el ingreso.

Aquí se respira paz absoluta. Sólo se escuchan el ruido de algunas aves y el correr del agua. Nos sentimos agradecidos de ser los únicos que en ese momento estamos en el medio de este paisaje natural. Una hermosa luna surge entre las sierras, como fiel testigo de este grato instante.

Del otro lado de la laguna, el cerro y sus montes indígenas invitan a recorrerlo. Nos intriga saber cómo se verá aquí la naciente del río Santa Lucía, el mismo por el cual hace unos días navegamos en ocasión de la visita a Aguas Corrientes.

Volvió a aparecer el señor que nos había dejado entrar, pero esta vez para invitar a retirarnos. Hacinados en el batallador Chevrolet alquilado, nos fuimos a Minas para recorrer sus calles y matear -tal como la gente local- sentados en un banco de la plaza Libertad, en cuyo alrededor se encuentran el imponente monumento a Lavalleja (del escultor Juan Manuel Ferrari) y la Catedral “Nuestra Señora Inmaculada Concepción”.

No podía faltar la compra de los tradicionales alfajores minuanos, los cuales se pueden conseguir en puestos incursionados a la vera de la ruta y en cualquier kiosko de la ciudad. Tampoco faltó la visita a la histórica Confitería Irisarri.

De ahí nos fuimos hasta la terminal para acompañar a Lucía y Natalia que se volvían a Montevideo. El grupo se iba reduciendo y el final de un inolvidable segundo tour se acercaba. Los restantes integrantes nos fuimos a la cabaña donde durante horas frente a la estufa a leña conversamos sobre distintos asuntos de la cotidiana.

A la mañana siguiente cargaríamos por última vez todo el equipaje, con la convicción de que este no es el final de un viaje sino la continuación de un gran tour en el cual quedan muchos caminos por recorrer y conocer.

Carlos Alfredo Paravís Salaverry conocido popularmente como Santiago Chalar, fue un cantante de música folklórica especializado en milonga, serranera, media Serranera y valsesito criollo. El seudónimo Santiago lo eligió en homenaje a un amigo fallecido en un accidente de aviación y Chalar por el apellido de sus antepasados.

Si bien políticamente participó dentro del Partido Colorado, no incursionó en la protesta política y dedicaba sus letras al hombre de campo y a las cosas cotidianas, siendo particularmente sensible a los problemas de su pueblo.

Al tiempo que estudiaba guitarra, estudió medicina y se especializó en traumatología y ortopedia, en parte para satisfacer a sus padres, que no veían con agrado que solo se dedicara a la música. Se radicó en Minas desde 1974 y trabajó varios años en el Hospital Vidal y Fuentes. En ocasiones, cuando trataba con enfermos deprimidos o que convalecían, tomaba su guitarra y les cantaba canciones para animarlos. En 1985 creó junto a Santos Inzaurralde el festival folclórico  ”Minas en Abril”, con el objetivo de recaudar fondos para el hospital.

Llegó a participan en festivales en diferentes países, incluido Cosquín, donde compartió escenario con Los Olimareños.  

DSC_0069

A ocho kilómetros de Minas está el Valle del Hilo de la Vida. Restos arqueológicos, sorprendente paisaje serrano y una especial energía, son parte de la magia de un valle que debe su nombre a un curso de agua que va serpenteando entre las sierras, cual hilo de la vida misma.

Lo más característico del Valle del Hilo de la Vida son sus estructuras cónicas de piedra -que mirando hacia la puesta del sol- están sobre las verdes laderas de las sierras.

Estos conos están hechos de piedra sobre piedra, con algunas que sobresalen y de las que se dice que quienes vivían en ese antiguo territorio indígena, con ellas marcaban fechas de eventos especiales.

Al Valle del Hilo de la Vida se accede mediante una visita guiada cuya duración oscila entre una hora y media y dos. En ese tiempo se caminan 1.800 metros, partiendo de una altura de 237 metros y ascendiendo unos 100.

Desde allí arriba se tiene una panorámica total de las Sierras de Minas y de sus lugares más destacados: la Mina Valencia, el Templo Budista, Cerro del Verdún, el Arequita, el Campanero, el Cerro del Cura, por nombrar algunos.

El recorrido no ofrece mayores dificultades ya que el camino está bien marcado entre césped y alguna piedra. Para quien lo desee, hay palos de apoyo disponibles que en especial, hacen más llevadero el descenso, por eso de ir sosteniéndose con algo más que con las piernas.

Los montículos de piedras están ubicados en puntos estratégicos asociados con vórtices energéticos, y en su entorno suceden cosas diferentes que en el resto del valle. Por ejemplo, los GPS no funcionan, las varillas de radiestesia marcan muy bien esos puntos energéticos y los péndulos se mueven muchísimo, salvo en los días de equinoccio, que quedan completamente quietos.

Sin recurrir a ningún instrumento, la energía se puede percibir haciendo el simple ejercicio de poner las palmas de las manos hacia el sol y claramente una mano queda mucho más caliente que la otra.

Este lugar es un favorito de quienes cultivan su lado místico, y es común ver grupos de meditadores, gente practicando yoga o tai chi, por no nombrar algunas actividades.


Por más información:
www.valledelhilodelavida.com

Fuente: http://www.descubriendouruguay.com/

Muda testigo del paso del tiempo, la Confitería Irisarri ubicada frente a la Plaza Libertad tiene su origen en el año 1898, cuando el catalán Cristóbal Carbonell comenzó a cocinar y vender panes y masas artesanales.

En 1898 el negocio fue adquirido por Manuel Irisarri quien construyó los sólidos cimientos de uno de los lugares más típico de Minas.

Hablar de Lavalleja es sinónimo de Irisarri y de sus típicos serranitos, damasquitos, yemas y alfajores. Junto a su galería homónima, es un punto de reunión de la sociedad minuana y de los turistas que pueden visitar sus originales bodegas.

El subsuelo de la confitería era denominado «la bodega» por Manuel Irisarri, refiriéndose a una simple despensa. Se destaca un aljibe de donde se sacaba agua para la confección de los productos y una sala de madera rústica donde se encuentra una mesa con platos con los nombres de los apóstoles.

Cien años mas tarde , en 1998, la Confitería Irisarri festejó el siglo de su fundación confeccionando al aire libre, en la misma plaza, una torta gigante que compartió con todo el pueblo.

Fuente: www.lavalleja.gub.uy