DÍA 19 – Tierras sanduceras

Miércoles 16 de octubre 2013. La música fiestera sonando en el celular de Federico, fue el despertador de los viajeros, a excepción de Rúben que desde tempranito se encontraba cómodamente instalado en su playera, mateando y disfrutando del hermoso paisaje que ofrece el río Uruguay a la altura del balneario Puerto Viejo, donde amanecimos.

Eran cerca de las nueve de la mañana. El sol pegaba con fuerza y se hacía sentir adentro de las carpas. El comienzo del día sería por un recorrido en San Javier y alrededores, luego nos iríamos rumbo a la ciudad de Paysandú, a unos 50 kilómetros de aquí.

Refuerzos de jamón y queso, acompañados de yogurt fueron nuestro desayuno en este maravilloso lugar, que al igual que ayer, se encontraba muy apacible. Cerca de nosotros, una pareja de franceses desayunaba al frente de una moderna casa rodante que llamó la atención de Rúben que se arrimó a conversarles. Minutos después, volvió asombrado por el confort de los europeos: “tienen escritorio con computadora y hasta portarretratos de los hijos”. “Es tu hormiguita viajera… un poco más sofisticada”, le retrucábamos entre sonrisas.

Ya con nuestras cosas en la camioneta, partimos entonces al pueblo San Javier donde recorrimos algunos puntos simbólicos de la ciudad. Después de preguntar a varios locales, averiguamos “cómo llegar” a la particular y pintoresca comunidad de rusos-chinos.

 

Camino a la Heroica

Llegamos a Paysandú cerca del mediodía. Mientras el resto nos esperaba en la camioneta, Fede y yo fuimos los encargados de hablar con la gente de la Intendencia para concretar asuntos logísticos. Así fue como anduvimos por diferentes oficinas, donde con gran recepción, todas nuestras consultas fueron respondidas con celeridad.

Teniendo en cuenta la importancia histórica del General Leandro Gómez por estos pagos, le insistí a Fede de irnos hasta la Plaza Constitución (donde se encuentra el monumento) y visitar el Museo histórico departamental, para averiguar más de la historia de Paysandú, en particular sobre la Defensa de la ciudad. Vaya si habrá sido importante este episodio, tanto, que le dio el apodo de “Heroica” a Paysandú.

Más tarde nos encontramos con el resto del equipo en la Plaza Artigas, desde donde partiríamos con destino a Puerto Peñasco, un emprendimiento privado enclavado en un lugar de encantos naturales sobre el río Queguay, término de origen guaraní, que significa “sitio donde confluyen los ensueños”.  

Puerto Peñasco

A la altura del km 395 de ruta 3 se encuentra el Camping Queguay que también cuenta con cabañas y un restaurant donde se puede comer excelente cocina casera. Allí nos recibió Momo (la dueña) que desde hace muchos años se dedica al turismo rural. Luego de ingresar unos 500 metros en camioneta, nos instalamos frente al Queguay donde levantaríamos nuevo campamento. Dado el calor que todavía persistía, Lucía, Rúben, Seba y yo seríamos los cuatro valientes que nos animamos a refrescar en el río. El ingreso estuvo complicado debido al fango frecuente, con el cual Sebastián y yo improvisamos una sesión un tanto bizarra de barroterapia.

Luego del baño, despedimos a Seba, quien se volvió a Montevideo. Rúben, con toda su experiencia de acampante a cuestas, quedó a cargo del armado de campamento, asistido por Eugenia. Yo por mi parte, me fui con Lucía y Fede, meta pedal hasta la pequeña localidad de Lorenzo Geyres, popularmente conocido como Queguay.

Camino por ruta 3 hacia el norte, unos kilómetros más adelante a mano izquierda, tomamos por un camino asfaltado hasta este pueblito. Fue un pedaleo sumamente disfrutable, donde los sonidos de la naturaleza eran los que más resonaban. La entrada al pueblo, la hicimos a pura cantarola junto a Federico, con quien improvisamos clásicas canciones murgueras.

Sobre viejos rieles

La pintoresca estación de tren “Queguay” fue lo que más nos llamó la atención. Allí nos topamos con Rúben, funcionario de AFE que trabaja y vive en una casita al costado de la vía. Si bien no existen más trenes de pasajeros, sí pasan por aquí vagones cargados de arroz. Fuimos recorriendo las viejas instalaciones donde pudimos observar antiguas máquinas (aún funcionando) desde donde se dirigen las vías. Definitivamente, entrar aquí es como hacer un viaje al pasado.

Todo está muy bien cuidado y mantenido. Hasta la chacrita que Rúben levantó al costado de la estación. Allí nos mostró desde su huerta propia, hasta las vacas lecheras que lo proveen a él y otros pobladores.

El sol ya estaba por esconderse- Como no queríamos que nos agarrara la noche en la ruta, decidimos retornar. Nos fuimos de este lugar, como llegamos: cantando y con la satisfacción de haber conocido otro de los tantos lugares pintorescos que hay en Uruguay.

Ya de vuelta en el campamento, nueva cena a la luz del infaltable fogón que nos alumbra y brinda su calor. Dicen que por donde corren los ríos, corre buena vibra. La paz envuelve a cada uno de nosotros, quienes nos sentimos afortunados de poder estar percibiendo y compartiendo alegremente buena energía.

Estación Queguay o Lorenzo Geyres

Lorenzo Geyres es una localidad ubicada al oeste del departamento de Paysandú a casi 3 km al oeste de la ruta 3 Se trata de un pueblo que nació a partir del ferrocarril, por ello su nombre original -y con el cual sus habitantes lo denominan- es Estación Queguay. Fue en mayo de 1928 cuando pasó a llamarse oficialmente Lorenzo Geyres, en homenaje a un estanciero vecino de la zona.

Entre algunas particularidades destacables, se trata del único pueblo del Uruguay donde todos los nombres de sus calles son de origen guaraní.

Según menciona Simón Fomichov, veterano del pueblo que trabajó en la estación Queguay años atrás: “por los años ’50, el pueblo tenía un fuerte desarrollo socioeconómico a raíz del movimiento que generaban dos grandes comercios de acopio de cereales y ramos generales; la Casa Máscolo y la que conocíamos como Casa Merello, porque después supo ser de Víctor Zardo, quien tuvo una decidida incidencia en el centro poblado”. Eran tiempos en los que el ferrocarril daba movimiento a una vasta zona. El Correo también tenía intensa actividad y los productores llegaban desde Santa Blanca, Santa Kilda, Arroyo Malo y Mataojo en busca de provisiones y pasaban de largo por Quebracho. Porque Queguay era el polo donde se concentraba la mayor actividad, definitivamente el tren fue el factor decisivo para que se generara todo ese movimiento”.

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Debimos hacer varias paradas en el camino para preguntar cómo llegar. No es fácil acceder, y son varias las vueltas que tienen que hacerse para poder encontrar las tierras donde habitan. Se trata de una comunidad conocida como la de los «rusos-chinos», ubicada en los alrededores de la ciudad de San Javier.

Tal como habíamos previsto, nuestro ingreso lo hicimos bajo la mirada cautelosa de algunos habitantes que por allí andaban. Una peculiaridad que nos llamó la atención, es la actitud de los niños. Al vernos pasar quedan mirándonos atentamente pero no responden a ninguno de nuestros saludos. Las niñas corren y se esconden dentro de cada casa, desde donde a escondidas nos  quedan observando.

Las mujeres poseen atuendos para nosotros “de película”: largos vestidos (hechos por ellas mismas) y pañuelos en la cabeza que recuerdan a los amish [1].

Los hombres usan larga barba. Ahora entendemos porque en San Javier nos habían hablado de “los barbudos”. Todos tienen ojos bien celestes y mantienen una atenta mirada.

Al bajarnos del vehículo, nos recibió un hombre de unos cincuenta años que estaba arreglando una camioneta. Al contrario de nuestros prejuicios, él nos contestaba sin problemas a cada pregunta. Nos dijo que su comunidad es oriunda de la zona de Manchuria (de ahí lo de “rusos-chinos”), que siempre han vivido en y del campo. También que tenían familiares instalados en algunas zonas campesinas de Brasil y Bolivia. Las familias que habitan el lugar, nacen y viven siempre aquí o en todo caso emigran a comunidades similares de los países sudamericanos ya mencionados. Los niños son educados por maestras del lugar y aprenden básicamente tareas del campo, ya que consideran que con estos conocimientos no requieren más necesidades para poder vivir.

Por otra parte, nos contó que no hay tv, ni usan internet y solamente los adultos tienen acceso al celular, único aparato al que consideran necesario para su forma de vida.

Teniendo en cuenta que el girasol es el cultivo tradicional por estos lares, le preguntamos al respecto. Si bien es una comunidad muy cerrada en algunas cosas, nos dijo que ese cultivo casi no se produce, que lo poco que se cosecha es para consumo doméstico, y que ahora se dedicaban casi en exclusividad a la producción de soja, de la cual viven las familias del lugar.

El señor nos invitó amablemente a probar un vino dulce típico y bien “picante” de su comunidad. Rúben, Fede y yo fuimos los únicos que nos animamos a degustarlo. Después de un par de copitas, con el correr de las horas y el calor, a más de uno le dio sueño.

Federico preguntó si podíamos sacar fotos. Manteniendo la sonrisa amable, nos respondió que “no era necesario” y que no tenían demasiado interés en hacerse conocer. Efectivamente cumplimos con nuestra palabra, aunque a la salida del lugar, nos cruzamos con algunos habitantes con sus característicos atuendos, que se prestaban realmente para la foto.

De vuelta en la ruta, nos fuimos comentando lo sorprendente que resultó encontrar, pese a lo pequeño de nuestro país, la existencia de una comunidad con hábitos y tradiciones tan particulares. Sin dudas ésta fue una visita inolvidable, de esas que para cualquier viajero quedan guardadas en la memoria.

[1] Grupo etnorreligioso cristiano anabaptista, conocidos principalmente por su estilo de vida sencilla, vestimenta modesta, tradicional y su resistencia a adoptar comodidades y tecnologías modernas.

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La ciudad de Paysandú, es conocida como “la heroica” debido a los diferentes asedios que soportó a lo largo de su historia. El primer episodio memorable, ocurrió en 1811, al inicio de la revolución Oriental, cuando la guarnición patriota comandada por Francisco Bicudo, se defendió del ataque perpetrado por tropas portuguesas que invadieron la Banda Oriental, resistiendo el sitio hasta que fue tomada por asalto y sus defensores fueron ejecutados.

Años después, en diciembre de 1846, durante la Guerra Grande, fue sitiada por el General colorado, Fructuoso Rivera. Los defensores, al mando del español Felipe Argentó, se rindieron tras violentos combates siendo la ciudad tomada y saqueada. Sin embargo, al mando de Ignacio Oribe, la ciudad fue recuperada por las tropas del gobierno del Cerrito, unos meses después, tras la victoria en la batalla de Sierras de las Ánimas (enero de 1847).

Leandro Gómez: héroe de Paysandú

En enero de 1864, tras el fuerte embate iniciado por el colorado Venancio Flores el año anterior (lo que se conoce históricamente como “Cruzada Libertadora”), tropas de Flores sitiaron la ciudad entonces defendida por Lucas Píriz, pero abandonaron el lugar por la proximidad de las fuerzas del ejército del gobierno que encabezaba Bernardo Prudencio Berro. Sin embargo, el 2 de diciembre, Flores, que contaba entonces con respaldo de una fuerte escuadra fluvial brasileña y tropas argentinas enviadas por el presidente Mitre, pusieron de nuevo en jaque a Paysandú.

Bloqueada por vía fluvial y atacada por un ejército que inicialmente sumaba 5500 hombres (4000 de Flores y 1500 brasileños (que luego ascendería a 15.000), la defensa opuso 1086 combatientes a las órdenes de los Coroneles Leandro Gómez y Lucas Píriz, entre los se encontraban varios argentinos de signo federal.

Leandro Gómez recibió un ultimátum de parte de Flores exigiendo su inmediata rendición. Sin ánimos de ello, la respuesta del caudillo blanco fue categórica: “Cuando sucumba”.

La Defensa de la plaza duró un mes: 2 de diciembre de 1864 a 2 de enero de 1865. Leandro Gómez y Lucas Píriz se hicieron fuertes en torno a un perímetro de seis manzanas por dos en el centro de la ciudad, sosteniéndose de manera estoica ante la disparidad de fuerzas, mientras esperaban refuerzos que descomprimieran la situación y forzaran a Flores a levantar el sitio.

Los auxilios que se esperaban nunca llegaron. El caudillo argentino, Juan Saá fue detenido por el caudillo colorado de Soriano, Máximo Pérez, en el Río Negro, mientras que el caudillo entrerriano Justo José de Urquiza se mantuvo neutral, pese a que uno de sus hijos participó en la defensa.

Los sitiadores prepararon el asalto final para la madrugada del 31 de diciembre, cuando un infierno bombardeo cayó sobre la ciudad. Los defensores resistieron hasta la tarde del 2 de enero de 1865. Entonces Leandro Gómez que, junto a Lucas Píriz, muerto en acción el 31, había sido ascendido a General por el Gobierno de Aguirre, pidió una tregua para enterrar a los muertos a través del oficial colorado Atanasildo Saldaña, que era su prisionero. Este cumplió el encargo y regresó con una negativa. En medio de esas gestiones los brasileños entraron al recinto fortificado abrazándose con los defensores y gritando que se había convenido la paz, lo que no era cierto. Leandro Gómez y su Estado Mayor se vieron de pronto rodeados, luego tomados prisioneros y posteriormente fusilados por orden del sanguinario Coronel Gregorio Suárez.

Novela sobre la gesta heroica

El reconocido escritor uruguayo Mario Delgado Aparain ha escrito una de sus obras más exitosas basadas en el sitio de Paysandú. Una novela donde entre ficción y realidad se relata los hechos que hacen a la grandeza histórica de Paysandú. El libro, que ya lleva más de ocho ediciones, se titula “No robarás las botas de los muertos” y recibió un premio Bartolomé Hidalgo en el año 2002.