DÍA 20 – Naranjales, historia y termas en Guaviyú

Jueves 17 de octubre de 2013. Mañana de sol increíble a orillas del río Queguay.  Pese al calor que se siente desde temprano, aún se observa el rocío de la noche sobre el techo de la carpa. Los pastizales mojados enfrían mis pies descalzos.

Entre mate y mate, fuimos acomodando las cosas en la camioneta para seguir recorriendo Paysandú, penúltimo departamento visitado en este tour.

Antes de emprender la marcha, pasamos a saludar a Momo, la responsable del emprendimiento turístico en Puerto Peñasco. Ella nos dice estar enamorada de este lugar, en el cual se radicó hace tiempo atrás.

Cerca de aquí hay un lugar del cual mucho nos han hablado y sugerido visitar. Se trata de la Cascada del Queguay, un accidente geográfico de particular belleza enclavado en un entorno naturalmente donde conviven diversas especies de flora autóctona.

Para llegar hasta allá, recorrimos algunos kilómetros hasta ingresar a la estancia “El Milagro”, sita en ruta 3 (25 km al norte de Paysandú). En este predio donde funciona una empresa citrícola, nos recibió un muchacho de unos 40 años llamado Mario. Se presentó como encargado y nos contó que el acceso a la cascada estaba prohibido por el grupo empresarial holandés dedicado a la producción de soja y propietaria del campo.

El ingreso a la cascada sólo puede hacerse por un camino vecinal que surge desde “El Milagro” o por el río mismo. Conociendo la información brindada por Mario, optamos por desistir de la idea.

Sin embargo, ello no supondría una decepción en el comienzo de esta jornada, sino en un hecho que desencadenaría en una oportunidad para conocer de primera mano, como funciona la producción de naranjas, esta fruta tan tradicional y simbólica de esta zona del país.

Mario, trabajador de hace años en esta planta, oficiaría como guía contándonos detalladamente sobre las distintas etapas de la producción cuyo destino principal es la exportación Poner nota.  

Después de la charla y recorrida por los naranjales, continuamos la marcha por suelos litoraleños. Esta vez rumbo a Quebracho, lugar donde Fede vivió en su infancia. A juzgar por la gran cantidad de los saludos que recibió, no quedan dudas: acá juega de local.

Llegamos sobre el mediodía y la calma prevalecía en aquel pueblo de casi 3000 habitantes. Calma que sólo era interrumpida por los gritos de los gurises recién salidos de la escuela y por alguna que otra moto que cada tanto pasaba. Los almacenes se encontraban casi todos cerrados. La localía de Fede fue esencial para poder conseguir agua fría.  Mientras algunos descansaban a la sombra de los árboles, otros -como en mi caso- aprovechábamos conectarnos “con el mundo rutinario” a través de Internet. Cuando uno está de viaje, la realidad es la que se va haciendo sobre la marcha, mientras que la rutina -lo que uno hace en la diaria- queda en segundo plano y se olvida.

De nuevo hacia el río

A medida que vamos ingresando por el camino de tosca que lleva al Saladero Guaviyú poner nota, se observa gran cantidad de palmeras. Quienes conocen sobre el tema (como es el caso de Ruben) dicen que existe una línea de palmares que cruza en diagonal desde Rocha hasta aquí. poner nota palmares.

Al igual que los dos días anteriores, rumbeamos otra vez hacia el río “de los pájaros pintados” (como cantaba el sanducero Aníbal Sampayo), que brindaba un hermoso y tranquilo paisaje por estos campos que fueron testigo de la Revolución de Quebracho poner nota

Luego de unos 40 kilómetros por un camino en mal estado, llegamos a las ruinas del viejo saladero. Ruben y yo, cámara en mano, salimos a recorrer el lugar cámara, mientras Eugenia y Lucía optaron por tomar sol en la orilla del río y Federico se encargó de hacer el fuego para cocinar el asado.

Se mezclan aquí la naturaleza y la historia. Las ruinas centenarias del Saladero Guaviyú se transforman en otro viaje al pasado industrial, tan común en la costa ribereña del litoral.

Sin dejar tiempo para una inspiradora siesta, luego del almuerzo, decidimos levantar el campamento y continuar con el viaje.  La próxima parada sería la última del día. Sería el complejo termal Guaviyú, donde la gente de la Intendencia nos brindaría alojamiento para pasar la noche.

Esta elección conllevaría a una acalorada discusión casi filosófica entre los viajeros. La razón era que para algunos las termas no son en realidad un “destino alternativo” y por tanto “estaban por fuera del espíritu del proyecto”. Al fin y al cabo, llegamos a la conclusión de que las termas son un ícono para Paysandú, y que más allá de ser un destino masivo y convencional, están relacionadas con la identidad del departamento. ¿Por qué no permitirnos disfrutar de ellas durante este viaje?

Luego de un reconfortante baño termal, nos dirigimos hasta un restaurante aledaño a las termas donde comimos y brindamos por otra inolvidable jornada.

El canto a capella de una señora de unos ochenta años, irrumpió las charlas de todos los que estábamos en el lugar. La improvisada cantante de acento español, llevaba pintorescos atuendos y levantó las sonrisas de todos los presentes. La mayoría de las mesas aledañas, estaban ocupadas por adultos mayores. Se trataba de un grupo de turismo social, programa que es impulsado por el Ministerio de Turismo hace algunos años.

El ambiente era de jolgorio y alegría. Fede y su papá (que había venido a visitarlo desde Quebracho) se sumaron al canto de la mujer. Con en el correr de los minutos se fue generando un clima de fiesta, donde confluyeron diferentes generaciones. El ambiente se puso más lindo cuando empezaron a sonar viejas plenas y canciones de música brasileña y que lindo bailongo se armó.

Federico mostró una vez más su espíritu de animador y “la rompió” con su desempeño coreográfico. Algunos (como en mi torpe caso) hicimos el intento por seguir sus pasos. Adultos, jóvenes, y algunos niños que andaban en la vuelta, todos nos mezclamos con alegría disfrutando de este espontáneo baile que sin dudas quedará guardado en las memorias de cada uno de los viajeros.

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En el Uruguay se producen 300.000 toneladas de cítiricos aproximadamente por año, de las cuales 120.000 toneladas se exportan, el resto se destina al consumo local y a su procesamiento.

Según información del INIA dos grandes zonas productoras se diferencian en Uruguay.

La zona Norte, la más extensa abarca los departamentos de Salto, Paysandú, Río Negro y Rivera, cubre el 84 % de la superficie citrícola y concentra fundamentalmente la producción de naranjas y mandarinas.

La zona Sur, con el 16% de la superficie citrícola se ubica entre los departamentos de San José, Canelones, Montevideo, Colonia, Maldonado, Florida y Soriano especializándose en el cultivo del limón como variedad principal.

La mayor parte de la producción de Uruguay se destina al mercado interno. El porcentaje de productos citrícolas destinados al consumo interno fue de 43%. Su consumo abarca mayoritariamente la fruta fresca, jugos, y mermeladas, entre otras opciones

En los últimos años, la producción de naranjas y mandarinas fue la más importante dentro de los cítricos, sector que ocupa a cerca de 20 mil trabajadores.

El área utilizada para la producción de cítricos es de un poco más de 16 mil hectáreas. Los dos cítricos más cultivados son las naranjas y las mandarinas con 8,1 y 6,1 mil hectáreas respectivamente.  Los principales destinos a los que están dirigidas las exportaciones uruguayas son los Países Bajos, seguido por Federación Rusa, España, Reino Unido y Estados Unidos.

Fuente: INIA y Uruguay XXI

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En el rincón que forman las márgenes izquierdas del arroyo Guaviyú y del río Uruguay se funda en el año 1869 el saladero San Pedro de Guaviyú, el cual debe su nombre a su fundador, don Pedro Piñeyrúa.

El Parque Saladero Guaviyú posee unas 13 hectáreas, que se encuentran bajo administración del Municipio de Quebracho. Sin embargo el área de influencia comprendida es mucho más abarcativa, ya que detrás de los obreros necesarios para el funcionamiento de la industria llegó su familia y con ello se formó, en torno a la misma, una población que pronto contó con comercios y otros servicios posibles para la época.

La actividad principal estaba dada por el procesamiento de cueros y  la elaboración del tasajo. Este consistía en la salazón de carne en salmuera durante no menos de un mes, que luego era oreada y una vez que se secaba por fuera, era ahumada en chimenea u otro tipo de fuego, permitiendo de esta forma su mayor conservación.

Se observan hoy en Saladero Guaviyú una serie de vestigios arqueológicos que atestiguan esta actividad y que pueden ser recorridos a través de un sendero cultural. Entre ellos se destacan el Galpón de Salar, la Prensa y el Galpón de Cueros, la Bomba de Vapor y los Muelles.

Poco a poco y debido principalmente a cambios en los  mercados de consumo, su actividad fue menguando, hasta que en el año 1902 se produce su última faena.

Paulatinamente, una vez abandonado el sitio de actividad humana, el monte comenzó a recuperar el espacio que le había sido quitado.

A partir de un relevamiento de flora nativa realizado en el lugar se han identificado más de 30 especies que conviven en Saladero Guaviyú, típicas de monte tipo parque y ribereño, las que se distribuyen en función de sus requerimientos hídricos. Es así que nos encontramos con especies como el algarrobo, ñandubay, coronilla por un lado, y como el sarandí, arrayán, palo amarillo, etc. por el otro. Muchas de ellas se encuentran integradas en el Sendero de la Cañada.

Tanto el relevamiento arqueológico como el botánico se enmarcan dentro de un proceso de Puesta en Valor que se está desarrollando en el sitio. Su principal objetivo es transformar el bien en una realidad palpable de la identidad cultural local, nacional y regional, difundirlo y socializarlo, reconociendo su potencial como recurso económico a través de su gestión y conservación.

Para ello se han llevado adelante acciones tales como la organización del 7º. Campeonato Nacional e Internacional de Pesca Deportiva Saladero Guaviyú en febrero 2013, organización de visitas guiadas, visita al predio de grupos de turismo social y de centros educativos.

Esta iniciativa surge desde la sociedad civil organizada, a través de la Mesa Zonal de Quebracho, en colaboración con el Club Social Quebracho, siendo beneficiarias de los fondos PPD/FMAM/PNUD-MVOTMA  del Programa de Pequeñas Donaciones. Cuenta con el apoyo del Municipio de Quebracho y de la Intendencia de Paysandú.

Saladero Guaviyú es un lugar de singular belleza que conjuga valores naturales y culturales; aquí se puede disfrutar de zona de camping, pesca, playa, senderismo, a la vez que viajar al pasado y ser testigos de un período socioeconómico del Uruguay, íntimamente ligado a las raíces de nuestra identidad como país agropecuario.

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Los palmares más extensos son los de butiá en el este del país, vinculados a tipos de suelos pesados y húmedos. En el noroeste (fundamentalmente en Paysandú) se encuentran los palmares de yatay, que se desarrollan sobre suelos mejor drenados y arenosos.

La palma pindó (también llamada chirivá) está presente en gran parte de los montes del país (a veces en gran abundancia), pero sólo excepcionalmente como formación pura.

En el caso de los palmares de butiá y yatay, resulta claro que las actividades humanas han modificado sustancialmente al palmar original. En efecto, en casi todos los casos están constituidos exclusivamente por ejemplares adultos, sin que exista regeneración. La explicación es muy simple: el ganado (y los cerdos en Rocha) se come los brotes de las semillas que germinan, impidiendo así la existencia de palmas jóvenes. Tanto en Rocha como en Paysandú es posible ver numerosas palmas jóvenes fuera de los predios ganaderos, como por ejemplo entre el alambrado y la carretera o al lado de las líneas férreas, lo que prueba que las palmas se regeneran sin problemas ante la ausencia del ganado.

Otra de las causas importantes de pérdida de biodiversidad en nuestro país, es la suplantación de ambientes naturales por monocultivos, particularmente soja y de Eucaliptus. En este sentido, investigadores especializados en el tema, destacan con preocupación, que en muchas partes de Rocha y Paysandú, se observan extensas áreas de plantaciones forestales donde antes existía monte nativo.

Fuente: Guayubira.org.uy

En los alrededores de la localidad de Quebracho, se suscitó una batalla histórica entre el 26 y 31 de marzo de 1886. La misma, enfrentó a fuerzas revolucionarias (nucleadas por blancos y colorados) con las del gobierno del General Máximo Santos, quien pretendía mantenerse como Presidente. Fue una rebelión legalista vs militarista, en la cual finalmente triunfó la última corriente.