DÍA 26 – Frontera lluviosa

Martes 19 de noviembre de 2013. El sonido del agua golpeando con fuerza el techo de chapa, invitaba a seguir durmiendo. Desde la madrugada, después de algunos días calurosos, llueve a cántaros en la ciudad riverense de Tranqueras. Una noche más en la casa de Ana Laura, una anfitriona de lujo que nos recibió de brazos abiertos acá en el norte.

Fui el primero en levantarme. De camino hacia el baño, me topé con Ana Laura que desde tempranito leía libros de medicina (profesión que ejerce) frente a la estufa a leña que había encendido, para secar la ropa que se nos mojó en la noche.

La jornada no parece muy amigable para hacer algo afuera. Sin embargo, el factor climático nos resulta algo secundario y cada viaje es especial, más allá de llueva o truene o haga calor. Manteniendo el espíritu expectante de siempre, nos dispusimos a organizar el equipaje para continuar nuestro rumbo.

La mañana se fue yendo entre charlas y amargos. Pasado el mediodía, arrancamos para Artigas.

Otra vez tomamos ruta 30, subida de Pena y Masoller. Si bien hace pocas horas anduvimos por aquí, no dejan de sorprender los maravillosos paisajes que hoy se presentan con un contraste muy diferente.

Varios kilómetros más adelante, hicimos nuestra primera incursión al Parque Congreso de Abril, más conocido como el de la “Piedra Pintada” (ver más abajo). Se accede al mismo desde la ruta 30, a través de un camino vecinal de unos ocho kilómetros. Pese a la llovizna del momento, nos bajamos del auto para sacar algunas fotos, que resultan muy simbólicas por un hecho particular: hemos llegado al departamento más alejado de la capital del país.

 

Capital de las piedras preciosas

El cartel que anuncia el arroyo “Pintadito” nos dio la señal de que estábamos próximo a la ciudad. Pocos metros más adelante, otro cartel anuncia finalmente que estábamos entrando a Artigas, que nos recibió bajo una nueva cortina de agua.

Pese al mal tiempo, llama la atención el gran movimiento que hay en la ciudad, sobre todo en la parte céntrica. Hace algunos años había estado por aquí durante algunos días en semana de turismo, y me había parecido demasiado tranquila.

El primer encuentro que mantuvimos fue con funcionarios de la Intendencia de la Dirección de Turismo y Cultura. Allí conversamos con Zully (Directora de Cultura), quien cordialmente nos recibió y dio mucha información sobre Artigas. En su forma de hablar, se percibe el amor por estos pagos del norte, tantas veces olvidado por el centralismo montevideano.

La gente de la Intendencia nos ofreció quedarnos en el alojamiento que tienen ubicado al lado de la Casa de Cultura, por cierto, edificaciones en muy buen estado y de reciente construcción.

Luego de dejar nuestro cargamento allí, nos fuimos a comer algo y recorrer a pie el centro. No faltó alguna visita a los tradicionales Free Shops, donde Eugenia y Marcela estuvieron buen rato, mientras Fede y yo seguimos avanzando hasta llegar a la plaza principal Artigas, contemplando desde un banco, el imponente edificio de la Jefatura de Policía, que data de 1896.

No podía faltar una nueva visita al cercano Brasil. Hace algunas horas, habíamos cruzado el límite frente a los pagos de Masoller, en plena zona rural. Esta vez, atravesaríamos el Puente que pasa por encima del Cuareim para visitar Quaraí. A decir verdad, no se trata de una ciudad atractiva, pero el hecho de estar en otro país a tan pocos metros del nuestro, siempre resulta pintoresco. Pese a la poca distancia, el paisaje urbano es distinto, al igual que el idioma: del lado brasilero es portugués, mientras que del lado oriental prevalece el portuñol. Con Federico hicimos una incursión a un supermercado quaraiense, ocasión en la cual aprovechamos para comprar una botella de Velho Barreiro, a precio bastante más amistoso que en Uruguay.

Otro hecho que despertó los comentarios de todos, fue el paso sin control por el puesto de control de Aduana. Responsablemente, Federico, ni bien vio el cartel que anunciaba el mismo, aminoró la marcha esperando ser detenido. Sin embargo, en ninguno de los dos puestos había funcionarios observando el tránsito.

De vuelta en la ciudad, caída la tarde y luego de unas duchas reponedoras, nos dirigimos hasta el Club Deportivo Artigas, donde se encuentra el restaurant que la Intendencia nos ofreció para cenar. A eso de las 23 horas, volvimos al alojamiento. A diferencia de días anteriores, nos acostamos mucho más temprano, pensando en la intensa última jornada que nos esperaría el día de mañana.

 

La Piedra Pintada

Se trata de una afloración rocosa de más de 15 metros de altura, las cuales muchas se encuentran talladas por gente que dejó su nombre allí (algunos de ellos, centenarios). Al parecer, en algún momento se creyó que la coloración de las rocas se debe a la existencia de pinturas rupestres. Hay también una reserva de fauna y flora, y cerca de aquí está la Virgen de los 33. El parque es el clásico destino de los norteños que llegan aquí para acampar, ya que posee todos los servicios más comunes para ello, hasta una gran piscina municipal.