DÍA 28 – Una mochila cargada de ilusión

El comienzo

Paysandú, domingo 4 de enero 2015. Siendo cerca de las cuatro y media de la tarde, bajo un intenso sol y una temperatura aproximada de 40 grados, dimos inicio a una nueva travesía viajera junto a mi amigo y compañero Ayrton, quien a diferencia mía, es un atleta de verdad.

Con nuestras mochilas prontas y las bicicletas cargadas, comenzamos a dar nuestros primeros pasos en este nuevo viaje de Uruguay Alternativo, que son los que nos llevarían hasta la vieja terminal de Paysandú para tomarnos desde ahí el Copay hacia “el pago más grande del país”, Tacuarembó.

Luego de atravesar lindas postales que la ruta 26 ofrece a medida que vamos dejando atrás el suelo sanducero y tras casi tres horas y media de viaje, finalmente llegamos a la ciudad norteña que por ser domingo y en pleno enero no presentaba mayor movimiento.

Para descargar nuestras cosas de la bodega del bondi, contamos con la ayuda de Juan Carlos y Martín -el primero guarda y el segundo chofer de la empresa- quienes nos dieron “para adelante” con la iniciativa, además de dejarnos su teléfono y ponerse a disposición en caso de “surgir algún problema en la ruta”.

Mientras Ayrton terminaba de armar nuestros birodados para dar inicio al pedaleo, yo me fui a recorrer la terminal en busca de la oficina de turismo para buscar información del departamento pero finalmente ésta se encontraba cerrada. Por lo tanto, no quedó otra que iniciar el trayecto hasta balneario Iporá apostando a los datos que los vecinos nos dieran (al fin y al cabo la mejor solución e incluso más certera que la tecnología GPS).

Así atravesamos un camino sinuoso y muy transitado de unos diez kilómetros, que para ser realista parecieron mucho más debido al calor pesado y la cantidad de vehículos que iban y venían desde aquel balneario. Un comienzo muy complicado que nos dejó bastante cansados para ser solamente el comienzo de un largo viaje. Pero eso sí, en ningún momento pensamos en bajar los brazos más allá del cansancio (y el mal estado físico en mi caso) que podamos tener, porque lo que sin dudas nos mueven son las ganas de recorrer y conocer más de nuestro país.

 

Atención turística… bien gracias

Si bien salimos con espíritu abierto dando paso a las vivencias que cada lugar nos deja (tal como lo pregona “lo alternativo”) no podemos dejar de lado que también somos turistas. Y la realidad en tal sentido es que, si uno lo analiza desde este punto de vista (con humildad lo decimos y sin ánimos de ofender a nadie) a Iporá le falta mucho por hacer: desde un parador donde no tenían comida para vender, hasta los almacenes cerrados a las nueve de la noche o la falta de folletería sobre el departamento para ofrecer a los visitantes.

Más allá de esa visión, nada es más fuerte como para impedir o reducir nuestras ganas de estar rodando por el paisito, así que arrancamos para el único lugar donde a esa hora podíamos picar algo que era un bolichito cercano al lago “de la juventud”. Al son de la música en vivo de un grupo local llamado “La 26” con covers de murgas conocidas y del boom Lucas Sugo, cenamos unas “milangas” a la luz de una hermosa luna llena y las estrellas que se reflejaban en el agua.

Terminado nuestro banquete, arrancamos para la zona del camping que se encuentra en un parque rodeado de pinos y eucaliptus. Iluminándonos con nuestras linternas fue como instalamos la carpa la cual quedó media en bajada por las condiciones del terreno cercano a los baños.

A eso de las doce de la noche, el sueño nos había llegado. Mientras aún seguían sonando los éxitos del gran Lucas de fondo, nos fuimos a dormir para al día siguiente estar descansados y hacer el largo trayecto rumbo al pueblo Ansina planteado para la segunda (e intensa) jornada de la travesía.

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El proceso de construcción del balneario se dio entre 1950 y 1968. Surgió como un emprendimiento de Felipe Albornoz da Costa, gerente de la sucursal local del Banco de Casupá y propietario del predio de 200 hectáreas forestadas con eucaliptus, cuya explotación se veía perjudicada por el mal estado del camino lo cual lo decidió a construir un centro de esparcimiento. El entorno natural era especialmente adecuado excepto por la carencia de agua, por eso se perforó un pozo semisurgente de donde, a los 96 metros, una bomba extrae 6200 litros por hora.

Albornoz hizo parcelar la zona y organizó la venta de terrenos entre habitantes de Tacuarembó. Hacia mediados de los años 1970 buena parte de los integrantes de la Asociación de propietarios que quedó a cargo de los bienes comunes se encontraba detenida como consecuencia de la dictadura que tuvo lugar el país y la Asociación no pudo afrontar los gastos, por lo cual el municipio de Tacuarembó se hizo cargo, pasando los bienes comunes a propiedad estatal.