DÍA 29 – Travesía Tacuarembó-Rocha

Pedaleando por ruta 26

Lunes 5 de enero 2015. El día anterior habíamos instalado la carpa en un terreno “en bajada” del balneario Iporá, lo que hizo que la primera noche haya sido un poco incómoda para dormir dado que uno se resbalaba al estar acostado allí adentro. Si bien estábamos ubicados detrás de la sombra alta que los pinos nos brindaban, los pocos pero intensos rayos solares que se filtraban por entre las ramas calentaron desde temprano la carpa que se transformó desde las primeras horas en una especie de sauna no quedando otra alternativa más viable que levantarse.

Hoy sería el primer día de pedaleo rutero y la idea de salir “cuanto antes” era buena teniendo en cuenta el calorazo que nos iba a deparar la jornada. Así que una vez arriba, comenzamos a guardar nuestras cosas para dar inicio a la cantidad de kilómetros que nos esperarían para llegar al destino final propuesto: El Cocal, en la costa rochense.

Antes de rumbear para Tacuarembó ciudad, pasamos por el icónico portal de Iporá para sacarnos algunas fotos y minutos después nos mojamos la cara en el lago “de la juventud” donde se pueden observar buenas postales. Este lugar presenta un  paisaje natural armonioso que de vez en cuando se afea con las huellas humanas que algunos dejan. Es que, aún habiendo tachos disponibles para tirar la basura, nunca faltan los que dejan latas, botellas y bolsas regadas por el suelo.

El retorno a Tacuarembó nos obligó una vez más a transitar por el tradicional puente sobre la Laguna de las lavanderas, otro lugar simbólico de la ciudad donde anualmente se celebra el “Festival de la Patria Gaucha”. En esta ocasión las fotos las sacamos desde arriba de las bicis.

Como es costumbre en cada travesía, nos dirigimos hacia la oficina de turismo departamental que -a diferencia del día anterior- estaba abierta. Allí nos atendió una simpática funcionaria que pese a su buena disposición, no nos dijo “nada nuevo” con respecto a qué lugares visitar en la ciudad. En realidad, teníamos pensado entrar a los museos pero nos comentó que justo los lunes “no abren”. Nos ofreció ir a Valle Edén como alternativa (un paraíso al cual ya fuimos en anteriores viajes). Finalmente, le preguntamos por la posibilidad de una visita Express al Intendente para contarle sobre Uruguay Alternativo. Luego de sus indicaciones, hasta allá fuimos.  

Estas visitas inesperadas a jerarcas departamentales las hacemos para buscar apoyo para el proyecto y también para difundirlo y en más de una ocasión nos han dado buenos resultados así como también anécdotas pintorescas como la que nos sucedió una vez en Minas, cuando seis de los que integramos el equipo de proyecto fuimos recibidos por el intendente interino en su propio despacho aun con nuestro aspecto poco presentable, ya que veníamos de varios días de andar por la ruta.

El Intendente de Tacuarembó, Wilson Ezquerra,  justo estaba en reunión y no nos pudo atender, pero sí lo hizo su secretario general quien poco enérgico nos escuchó y recibió los materiales sobre nuestra propuesta, los que llevamos siempre con nosotros. Hombre de pocas palabras y pocas preguntas éste señor, lo cual hizo que en no más de cinco minutos (…y nada más) la mini presentación se terminara.

Almorzamos en un bar (que también funciona de panadería) en plena plaza “19 de abril” y con la energía recargada, ahora sí arrancamos el largo trayecto hacia pueblo Ansina. La salida de la ciudad fue difícil por la cantidad de repechos que los caminos presentan hasta salir a la rotonda de la ruta 26. Allí pasamos por el frigorífico Tacuarembó y de ahí en más nuevamente caminos sinuosos con paisajes monotemáticos: miles de hectáreas forestadas y otras tantas con abundante ganadería. Muy pocas casas y menos aún, gente pasar lo que genera una sensación entremezclada entre tranquilidad y cierta angustia, ésta última por confirmar con nuestros propios ojos ese vaciamiento del campo, donde solamente queda un 5% de la población viviendo (datos INE).

Son casi 60 kilómetros los que separan la capital departamental de Ansina, un poblado de unos tres mil habitantes ubicado a orillas del río Tacuarembó. Mientras íbamos a mitad del trayecto, un camión paró al costado de la ruta por delante de nosotros y se ofreció a arrimarnos hasta allí. Con el calor y el cansancio que ya teníamos, la verdad que la posibilidad nos resultó atractiva así que accedimos, aún a sabiendas de que al contar sobre esto en el Facebook nos iban a agarrar “para chacota”, como efectivamente sucedió.

 

Refresco, mates y reyes magos en un pueblo muy tranquilo

El puente sobre un crecido río Tacuarembó y pocos metros después, la estatua con la Virgen de Itatí nos señalan que estamos entrando a Ansina. Año a año en cada diciembre, los pobladores y aledaños de este lugar se reúnen para realizar las peregrinaciones que culminan precisamente frente al monumento que en el ingreso al pueblo se ubica.

Según nos dijeron los lugareños, días atrás había llovido bastante y por eso el río estaba salido de su cauce normal. A pesar de ello, muchos se encontraban a orillas y bañándose en el mismo. Había poco lugar donde instalarse, el agua sobrepasaba incluso los tachos de basura y algunas mesas de hormigón que allí existen y a nosotros los ciclistas tampoco eso nos importó. Por lo que, caminando despacito fuimos adentrándonos en el agua para una zambullida que resultó muy refrescante.

Eran cerca de las seis de la tarde, pero el sol seguía pegando muy fuerte. Después del baño en el río nos fuimos hacia el pueblito. Como sucedería en otras localidades, nuestro aspecto de ciclistas y mochileros despertaba la atención de lugareños, de los cuales muchos nos preguntaban de donde veníamos y que hacíamos. Y como también sucedería a lo largo de toda la travesía, cada uno de los pobladores con los cuales entablamos un diálogo, siempre fue hospitalario con nosotros.

Siguiendo hacia el oeste por ruta 26 y en el cruce con la ruta 44 se encuentra una estación ANCAP. Frente a la misma, una plazoleta muy pintoresca donde durante un buen rato aprovechamos para hacer un momento de relax. Mientras “Cococho” (apodo de Ayrton otras veces resumido “Coco”) durmió una larga siesta, yo me tomé unos amargos a la sombra de unos pinos escuchando al gran Zitarrosa en un parlantecito que mi compañero de travesia lleva a todos lados. También aproveché a sacar algunas fotos del lugar.

Mientras estábamos allí, un par de veces pasó un camión con un megáfono que anunciaba una fiesta para los niños, una fiesta previa a la noche de reyes que se realizaría pocas horas después en el estadio de fútbol del pueblo. Parecía una linda posibilidad para conocer más de cerca de la gente del lugar, por eso nos quedamos y finalmente llegamos hasta allá para vivir ese evento prometedor.

Ya en las gradas del estadio y con el sonido de música electrónica de fondo, la espera para el inicio de la fiesta se alargaba. El conductor del show anunciaba por el micrófono el evento y no dejaba de repetir: “este evento es gratuito y lo organiza la Intendencia de Tacuarembó”. A su vez, informaba e invitaba a las chiquilinas del pueblo a inscribirse a un festival de reinas venidero y resaltaba al público presente “no se pueden perder lo que será ese desfile de chicas en bikini”.

Mientras la espera continuaba, sucedió un episodio que nos hizo retirar del lugar y a diferencia de lo que habíamos planificado (acampar en Ansina) volver a pedalear por la ruta 26.

Resulta que “Coco” es un gurí bárbaro, pero tiene a veces el defecto de ser medio temperamental. Más cuando siente que su bicicleta pueda estar en peligro (por más que no fuera tan así). Mientras estábamos en las gradas, las habíamos dejado contra un árbol, unos chiquilines pasaron y le manotearon los lentes que dejó colgados en el asiento de su birodado. La cuestión es que no pudimos observar si efectivamente fueron ellos quienes le robaron, pero aún así Ayrton insultó a uno de los chicos. El tema es que a los pocos minutos, aparecieron esos gurises junto a tres grandulones más, a mirar con cara de “pocos amigos” hacia nuestro lado. La situación llevó a que, para evitar posibles altercados, decidí que era hora de irnos del pueblo no sin dejar (mientras íbamos en bici) de sermonear a Ayrton por el hecho.

 

Bajo la luna

El sol ya se había puesto aunque todavía el día estaba iluminado. Lentamente fuimos saliendo del pueblo por una ruta que durante casi todo su trayecto -salvo excepciones- se encuentra en un estado pésimo, a tal punto que por momentos se parece más a un cráter que a un camino. Es cierto que el transporte pesado es la causa del estado deplorable, pero también hay indicios claros de que hace muchos años no se hacen obras en la mayoría de su largo trayecto.

Me llama la atención algo que en realidad se suele ver en todas las rutas, aunque en este caso se ve con mayor presencia: cruces y flores que recuerdan a los muertos por accidentes de tránsito. Confieso que por momentos al observarlas siento un frío por la espalda, más cuando unos kilómetros después de Ansina nos topamos con un cementerio al costado del camino y para colmo con un gato negro pasando a la misma vez por delante de nosotros. Para colmo, Ayrton empezó a joder con supersticiones y malos presagios, lo cual me hizo recorrer un poco manijeado y con algo de miedo varios tramos de este recorrido nocturno.

La noche empezó a caer, aunque por la imponente luna llena no hubo necesidad de sacar nuestras linternas para alumbrar el camino. Un cielo sumamente estrellado y una temperatura ahora sí mucho más agradable para el ejercicio. Vimos estrellas fugaces, satélites y casi seguro también que un ovni dando vueltas extrañas en lo alto.

A medida que pasaban las horas, la ruta iba quedando más desierta y cada “muerte de obispo” pasaba algún otro vehiculo.

Fuimos dejando atrás pueblo “Los barros”, última localidad por la que íbamos a transitar esa noche. Lo demás fue todo campo, hasta que el cansancio nos venció y a un costado de la ruta –específicamente km 332- instalamos nuestra carpa. En total ese día, hicimos más de 60 kilómetros de bicicleta lo cual generó que ni bien entrados en la carpa, nos durmiéramos rápidamente.