DÍA 30 – Aguantando el temporal

Martes 6 de enero 2015. El fuerte ruido de un pesado camión me hizo saltar de golpe en la carpa y de esa forma desperté abruptamente para pasar a contemplar minutos después, el amanecer en la calamitosa ruta 26 (a la altura del km 332) donde la noche anterior, cansados de pedalear, nos habíamos instalado. Todo es campo a nuestro alrededor y no se visualizan casas a la redonda. Son cerca de las seis y media de la mañana y si bien se respira un aire tranquilo -a diferencia de la noche- ahora sí, con bastante frecuencia comienza a pasar el transporte pesado tan común por estas zonas.

El sol recién empezaba a asomar y sin embargo ya calentaba bastante, más aún con la humedad que reinaba en el lugar. Para ser sincero, desde temprano pintaba que sería una jornada poco agradable para la actividad física, lo cual horas después confirmaríamos.

No teníamos mucha idea de qué lugar estábamos exactamente, para colmo el Google Maps (sobre el cual tenía mucha expectativa previo a la travesía) marcaba cualquier cosa, como también sucedería más adelante, a tal punto que lo descartamos y nos manejamos con la vieja y más certera herramienta de orientación: preguntar a algún parroquiano que anduviera en la vuelta.

Una vez más, con las mochilas al hombro y toda la carga en nuestras bicis, dimos inicio al pedaleo hacia el este. El sol asomaba rápidamente y a esa hora sobre el costado de la ruta aparecen con frecuencia, apereás que orejean el camino y se esconden rápidamente cuando pasamos cerca de ellas.

El incansable Ayrton me empieza a sacar ventaja en la ruta y me reclama “andá más rápido”. No era tanto el cansancio del pedaleo nocturno sino el denso calor lo que me frenaba, más teniendo en cuenta que estábamos escasos de agua y para colmo ésta era un caldo con gusto a plástico de la caramañola. Para no trancarle el ritmo a “Coco”, le dije que se fuera y que estando en el próximo paraje me mandara un sms.

En pocos minutos lo perdí de vista y al rato recibí el mensaje donde me contaba que había llegado a “Caraguatá-Las Toscas” donde me esperaría en una garita a la entrada del lugar. No exagero cuando digo que, siendo cerca de las diez de la mañana, habría una sensación térmica de casi cuarenta grados en la ruta y ni siquiera había muchos árboles sobre los cuales resguardarse un poco del sol.

Finalmente, luego de tanto codiciar un trago de agua, llegamos hasta el almacén “de Mirna” donde no solo nos hidratamos sino que además aprovechamos a descansar a la sombra de unos eucaliptus que resultaron esenciales. Linda y reponedora siestita nos mandamos en aquel lugar. Después de la misma, charlamos unos minutos con la dueña del almacén quien nos contó que cada uno de los vecinos que fueron entrando al boliche, preguntaba sorprendido “¿quiénes son estos?”, incluido el comisario del pueblo.

Mirna dijo algo que quedó grabado en mi memoria. Contó que de vez en tanto pasaban por allí ciclistas “como nosotros” y también “andantes”. No entendí bien que quiso decir con eso (lo cual evidentemente ella notó en mi cara) y agregó: “andantes, gente que camina varios kilómetros pero sin objetivo ni destino claro alguno”. Interesante diferencia pensé, entre quienes solemos andar haciendo ruta.

Saciada ya nuestra sed y descansados por la siesta, bajo el sol cada vez más radiante y sofocante volvimos al camino para seguir por la 26. Nos llamó la atención una anciana que pasaba por allí propinando insultos al aire o dirigiéndose a cada auto que pasaba, totalmente fuera de sí. Pese a ello, respondió muy correctamente a nuestro saludo y siguió su loca andanza.

Solo eran siete kilómetros los que nos separaban de nuestro próximo y anhelado destino: una estación ANCAP. No era tanto, pero el calor insoportable hacía parecer más largo el tramo. Cuando uno anda haciendo ruta, se da cuenta de la importancia de las estaciones de servicio, que son mucho más que un lugar para cargar combustible. Pudiendo llegar a considerarse una especie de “oasis en el desierto”, donde uno puede encontrar víveres básicos y además (como lo fue en este caso) darse una ducha. Cuando se está de ruedo, uno entiende el significado de estos lugares, por ejemplo para los transportistas de carga que pasan tantas horas en la ruta.

Hacía tiempo que no disfrutaba tanto de un baño como el de aquel día. Aquella estación pasó a ser durante unas horas, una “segunda casa” y aún hoy recuerdo la pintoresca escena de la ropa -recién lavada- prolijamente colgada sobre los toldos de la ANCAP.

Frente a esa estación de servicio, hay dos paradores donde planeábamos almorzar. Uno de ellos estaba cerrado y el otro abierto. Allí estuvimos durante unos minutos esperando la atención de la moza-recepcionista, que nunca llegó. Esta muchacha joven miraba tv sentada al lado del parrillero, pero en ningún momento se inmutó por nuestra presencia. “¿Cómo es la mano acá’”, le comento a Ayrton y finalmente fuimos a consultar. Como menú: sólo asado y pollo sin guarnición. Precios: carísimo. Resultado de la misión: retorno a la ANCAP y almuerzo con papitas, manicitos y un helado.

 

Se viene el agua

Eran como las tres de la tarde cuando decidimos seguir viaje. Desde hacía un buen rato, se veía asomar unos negros nubarrones y relámpagos que anunciaban la inminente tormenta. Eso nos había dado a pensar que quizás lo mejor era esperar algún camión que nos arrimara a la Estación Experimental de Agronomía, adonde se me había ocurrido ir como posible resguardo. Ahora ya no era tan duro el camino siendo que estaba nublado y la temperatura había descendido considerablemente.

Siempre son agradables los paisajes verdes que pululan en nuestro paisito y presentan otro panorama cuando se avecina la tormenta. No dejo de sorprenderme con la maravilla que resulta vislumbrar esa mezcla del verde pradera y cielo gris oscuro que de a ratos se colorea con los refusilos. Dicen que es riesgoso estar a la intemperie cuando hay tormentas eléctricas tanto en la costa como en el campo, pero a pesar de todo, lo considero un espectáculo bien lindo que nos regala la naturaleza.

Un camión paró al costado del camino y se ofreció a arrimarnos hasta el empalme con la ruta que lleva a Fraile Muerto. No dudamos en subirnos y minutos después estábamos en aquel lugar. En el momento mismo que bajamos del vehículo, comenzaron a caer las primeras gotas y ello nos llevó a refugiarnos en un cercano boliche de campaña donde había tres gauchos tomando cerveza y fumando tabaco. Saludamos y bajo las atentas miradas intentamos ponernos debajo del minúsculo espacio techado. El más joven de ellos fue quien “rompió el hielo” con un comentario sobre las bicicletas. Sin embargo y pese al intento, no fue posible profundizar el diálogo y aquellos hombres continuaron conversando entre sí sin dejar de mirar de reojo de vez en cuando.

El cielo a esa altura estaba totalmente cubierto aunque las gotas habían mermado bastante, por eso decidimos continuar la marcha. No iba a ser fácil el objetivo de pedalear cerca de 20 kilómetros que nos faltaban para llegar a la Escuela y la probabilidad de que comenzara a llover “con todo”, era muy alta.

 

Viento dile a la lluvia

No hicimos más de dos kilómetros cuando ahora sí el “aguazo” era inminente. Empezó a llover suave y rápidamente con mayor intensidad, pero lo más preocupante era que el viento soplaba con fuerza creciente y para colmo no muy lejos de allí comenzaron caer rayos. Lo paradójico es que durante toda la mañana había estado embromando a Ayrton con una canción de Lucas Sugo (Lluvia) a la cual le improvisé una letra que decía “llueve lluvia llueve y nos va a caer un rayo”… al final tanta joda y lindo julepe me llevaría.

Nos encontrábamos totalmente a la intemperie y con pocas posibilidades cercanas para refugio. Lo primero que atinamos fue a ponernos debajo de unos árboles que de poco sirvieron para la imponente lluvia que caía así como el viento fuerte y los rayos acechándonos. “Estamos regalados, vámonos de acá” le dije a Ayrton y lentamente comenzamos a caminar por la ruta para posteriormente hacer unos 400 metros y llegar a una estancia.

 

Al calor del fogón

Empapados y cansados de caminar contra el temporal y el barro de aquel camino, finalmente logramos llegar. Desde adentro, una familia observaba la escena. Nos sentamos en los escalones del porche y enseguida salió un señor con claro aspecto campestre y vestido de gaucho. De entrada nos presentamos, le explicamos quienes éramos y que hacíamos allí. Luego de un dialogo fraterno, amablemente nos invitó a pasar a la cocina de la peonada donde podríamos prender un fogón para secarnos, comer algo caliente y donde nos ofreció también colchones donde pasar la noche.

Una vez más, un paisano compatriota del interior nos abría las puertas de su rancho de manera incondicional. Y no solo eso, sino que también nos convidaría con asado que cocinamos sobre las brasas de aquel fogón, el mismo que sirvió para calentar el agua para el mate en la vieja pava campera que allí se encontraba.

Sobre todas las cosas, me queda la alegría de saber que la sencillez y amabilidad de la gente “tierra adentro”, sigue intacta. Así culminaría otro inolvidable día de travesía que nos regaló nuevas experiencias, confirmando una vez más que el turismo alternativo (alejado del confort y la planificación y sumamente vivencial) es sin dudas el que más enriquece el espíritu de las personas.