DÍA 32 – Fue por Cañas que encontré

Jueves 8 de enero 2015. Cerca de las diez de la mañana desperté bajo el lento revolotear de los ventiladores en una habitación del gimnasio municipal de Melo. Mientras tanto, en otra de las tantas cuchetas, Ayrton seguía roncando plácidamente. Desde la cancha de fútbol provenían algunos ruidos que retumbaban con fuerza por todo el lugar, se trataba de algunos funcionarios municipales que estaban preparando el lugar para un evento de la Intendencia.

No habíamos llegado a una semana de travesía, pero el cansancio -por lo menos para mí- se hacía sentir notoriamente. De todas formas, sigo pensando que lo más agotador de todo el viaje no es tanto el ejercicio físico sino el laburo que significa armar y desarmar el campamento todos los días. A pesar de ello, sigo creyendo también que la bicicleta es el mejor medio para transportarse porque es el que te permite la mayor libertad a la hora de viajar y porque es la forma más fiel de percibir el viaje con todos los sentidos, como por ejemplo observar detenidamente cada paisaje o sentir el aroma de cada lugar.

En esta jornada se nos sumaría un tercer integrante que llegaría en la mañana al gimnasio, lo cual sucedió a eso de las once. Se trataba de Fabián, uno de los tantos amigos que el proyecto Uruguay Alternativo ha cosechado, y quien por primera vez se sumaba a pedalear con nosotros. Proveniente del balneario Neptunia (Canelones), Fabián es otro de los que se ha sumado a la movida “alternativa” no solo como forma de viaje, sino también como forma de vida (más saludable).

Afuera, una vez más el sol pintaba iba a pegar fuerte, como venía siendo en los últimos días por eso los tres ciclistas nos preparamos para la ocasión untándonos con bastante protector solar. Como siempre también, no faltó la indumentaria para salir a la ruta: chaleco reflector y casco.

Un paseo por los museos de la ciudad

Antes de tomar otra vez el rumbo por la 26 para seguir camino a pueblo Cañas, quisimos hacer un city tour para visitar dos lugares muy icónicos de Melo: el museo histórico regional y la casa donde la reconocida poetisa Juana de Ibarbourou (Juana de América) vivió durante su infancia y adolescencia. No faltó tampoco una visita “formal” a la Intendencia para difundir nuestro proyecto.

Los museos son lugares donde se puede llegar a conocer la historia de cada lugar, aunque personalmente creo que no en todos los casos logran seducir las propuestas. De más está decir, no soy un experto en el tema aunque sí suelo visitarlos y creo que nuestro país en esta materia está en un gran debe no solo por la calidad de la propuesta sino también por la atención que se brinda al turista.

Primero fuimos hasta el museo regional, un espacio donde se conserva buen acervo histórico y prehistórico, que dispone de distintas galerías con exposiciones temporales (en este caso no había ninguna), sala de lectura y un imponente archivo de documentación. Más allá de todo el material disponible en ambos museos, lo cierto es que si las propuestas no se acompañan por guías que amplíen la información, pierden bastante el sentido.

En el caso de la casa de Juana, lo que más me gustó fue encontrarme en el jardín con la higuera (ver recuadro) que inspiró una de sus poesías más recordadas de las cuales me contaron en la escuela.

Vamos a la ruta

Antes de salir de la ciudad, pasamos por una estación de servicio para surtirnos de unos litros de agua. No descubro la pólvora cuando digo que la hidratación es fundamental a la hora del ejercicio físico. Cuando se está haciendo ruta (donde a veces hay que recorrer mucho para encontrar el preciado líquido) es fundamental recordar y cargar con todas las botellas que sea posible.

Por primera vez en esta travesía, ahora somos tres los que estamos dando pedal con el único fin de disfrutar de los paisajes y conocer nuevos lugares de la manera más fiel: a través de su propia gente.

Con esas ganas intactas, empezamos a atravesar por paisajes camperos y poco habitados. Como era de esperarse, Ayrton con su energía juvenil nos sacó ventaja a Fabián y a mí, en una ruta que poco a poco se fue haciendo más sinuosa y desafiante. Hubo varios tramos donde debimos caminar y llevar de tiro nuestras bicis.

Por suerte, el cielo se había nublado bastante y el sol no estaba tan matador. De todas maneras, uno no debe confiarse con los días así porque igualmente los rayos queman.

Entre muchas sierras seguimos transitando durante más de tres horas, pasando por unos repechos que parecían interminables pero con el premio de hermosos paisajes para contemplar.

Acampando en lo de Esther

A la altura del kilómetro 25 de la ruta 26, a mano izquierda ingresamos por un camino de balasto donde luego de unos ocho kilómetros -tras las indicaciones de un paisano a caballo que andaba por ahí- llegamos hasta un almacén. Este lugar es conocido como el paraje “Los Montecitos”, se ubica a casi 50 kilómetros de Melo y a 10 de Cañas (pintoresco pueblo del cual les contaré en el próximo número).

La sensación de encontrar un nuevo “oasis en el desierto” nos invadió, al saber que encontraríamos agua y algo sólido para picar; aunque ahora teníamos la granola que Fabían había traído y con la cual engañamos al estómago durante gran parte del trayecto.

Al llegar a aquel lugar, nos encontramos con un pequeño grupo de gente que charlaba tranquilamente a la sombra de unos árboles. Bajo su atenta mirada fue que ingresamos con nuestras bicis y ya en el almacén compramos agua. También compramos rapaduras, conocida como “panela”, un dulce elaborado en base al jugo de caña de azúcar muy tradicional por estas latitudes fronterizas y con las cuales Ayrton se enviciaría luego.

Unos suculentos refuerzos de mortadela serían nuestro almuerzo. Una señora nos invitó a comer junto al grupo, lo cual efectivamente haríamos. Ella se presentó como Esther, precisamente el nombre que llevaba aquel almacén campero (Lo de Esther) y nos preguntó de donde veníamos. Así entablamos un rico y amable dialogo con todo el grupo, integrado en gran parte por familiares de Esther y algún otro paisano de la vuelta.

Cada uno de nosotros contó cosas de su vida y los anfitriones también.

Muchas veces en el Uruguay solemos dividir entre “Montevideo y el interior” y sin embargo se trata de una dicotomía tan simple como errónea porque más allá de la capital hay otras 18 realidades y a su vez dentro de las mismas, otras tantas más.

Los más proclives al diálogo eran los familiares de Esther, había otro paisano de la zona con boina del Che, que de vez en cuando emitía alguna opinión sobre algo del lugar, pero más que nada se remitía a observar atentamente el panorama. Sin embargo, sería él quien nos contaría de las “grayeras” (ver recuadro) de las cuales aún persisten algunos restos en la zona.

Nos contaron también que este lugar, como sucede con la triste realidad de la población rural, se ha ido deshabitando en los últimos tiempos quedando miles de hectáreas  en manos de grandes forestales.

Después del almuerzo y la larga sobremesa, en un nuevo gesto amable tan común de la gente del interior profundo, Esther nos invita a acampar en el fondo de su casa. Nosotros totalmente agradecidos, aceptamos la idea y pocos minutos después ya estábamos instalando nuestro campamento (esta vez ampliado por la presencia de Fabián) en un lugar donde se observaba un paisaje precioso mezcla de quebrada y campo.

Por la tardecita, paseo a campo traviesa por la zona, que se prestó para varias postales fotográficas. Y así fue, como entre conversaciones y mates bajo la sombra de unas coronillas nos deslumbramos con una preciosa puesta de sol entre las sierras. El broche de oro de la jornada, sería la contemplación de una impresionante luna y cielo estrellado que allí en el medio del campo brillaban como nunca.

*Agradecemos a Esther, “Chato”, John y Sandra por la amabilidad con las cual nos recibieron.

Porque es áspera y fea, porque todas sus ramas son grises, yo le tengo piedad a la higuera.

En mi quinta hay cien árboles bellos, ciruelos redondos, limoneros rectos y naranjos de brotes lustrosos.

El término «grayera» deviene del lenguaje portuñol que es común en la zona. En español significa grasera- de fundir grasa de animales. Se encuentra donde nace el arroyo Cañas que tiene la particularidad de ser monte cerrado, donde hay diez cuevas en las cuales vivían los contrabandistas que se dedicaban a esconder mercaderías que traían de Brasil y fundir sebo de animales y vender luego la grasa. La grasera se ha conservado porque es un lugar aislado, derretían la grasa dentro de cuevas de piedra, y de eso vivían, muchas veces de animales abigeados.