DÍA 33 – Camino a la laguna

Viernes 9 de enero 2015. Dulce despertar en el campo, allí en el fondo del almacén “Lo de Esther” ubicado en el paraje Montecitos a pocos kilómetros de nuestro siguiente destino (pueblo Cañas). En ese lugar, donde habíamos llegado la tarde anterior para proveernos de agua y comida fue donde terminamos acampando, invitados por la propia Esther y su familia, con quienes habíamos entablado un vínculo sumamente amistoso.

Como comúnmente suele suceder, fui el primero en levantarme. A mi lado “Coco” seguía roncando mientras que en la otra carpa, Fabián tampoco daba señales de vida. Las carpas estaban instaladas a la sombra de unos árboles y sobre una loma desde donde se observaba un paisaje serrano precioso.

Mientras aprontaba una vez más la mochila, emergieron mis compañeros de travesía. Casi en paralelo, Esther nos daba los “buenos días” y nos convidaba con galletas de campaña, fiambres y frutas que -junto al paté enlatado de Fabián- serían el desayuno perfecto.  No faltó el café recién hecho ni tampoco la leche de vaca ordeñada pocas horas antes.

Las gallinas dispersas se acercaban a nosotros en busca de picotear algo de nuestro alimento. Cada tanto, Ayrton se levantaba de golpe y las correteaba durante varios metros.

Esther es una señora de cerca de 80 años que está enamorada del lugar y nos los hace saber a cada uno de nosotros con sus palabras. Por momentos, siente nostalgia al recordar que en otros tiempos estaba más poblada la zona y señala que ello es producto de las empresas forestales que compran los campos “solo para plantar”. A pesar del sentimiento, una y otra vez hace alusión a la tranquilidad del campo y asegura que es aquí donde va a pasar el resto de sus días.

Cerca del almacén se encuentra unas de las dos escuelitas rurales que hay en la zona. John (compañero de Sandra hija de Chato y Esther) nos cuenta que una de ellas estaba por cerrar por falta de alumnos; es que entre ambas escuelas… no hay más de cinco alumnos.

Estaba tan linda la mañana que costaba levantar el campamento y aun después de ello, nos quedamos otro rato más conversando al aire libre con los anfitriones. Eran casi las once de la mañana y estaba nublado, pero de a ratos el sol salía entre las nubes y -tal como venía siendo por estos días- pegaba con brutal fuerza.

John mostró con orgullo uno de sus viejos tractores Ford que guarda como reliquia dentro de un galpón. Después vendría la foto despedida, agradecimiento y saludo final. Una nueva parada memorable de la travesía donde pudimos conocer y compartir con la propia gente que habita los diferentes rincones de nuestro país.

Prontos para empezar a pedalear, no faltaría tampoco una raspadura de obsequio, de esas con las que Ayrton se había enviciado el día anterior.

 

Dale pedal a la vida

Ya era nuestro sexto día en la ruta, sin embargo tan intensas vivencias hacían sentir que veníamos viajando desde más tiempo. Tantos paisajes nuevos, otras realidades y diversas situaciones que no hacen más que enriquecer el alma de quienes buscamos vivir el viaje de forma espontánea y simplemente dejándonos llevar por lo que el camino dispone para nosotros.

Comenzaría entonces uno de los trayectos en bicicleta más largos de todo el viaje. No recuerdo con exactitud cuántos kilómetros habremos hecho ese día, pero seguro no menos de ochenta.

Continuamos por el camino de balasto rumbo a pueblo Cañas, lugar con dos particularidades especiales: fue recién en 2013 que llegó la energía eléctrica al lugar y por otra parte, se trata de la localidad del Uruguay que cuenta con mayor cantidad de habitantes afrodescendientes (ver recuadro).

De camino al poblado, nos encontramos con una cantera donde se leía un cartel a la entrada “prohibido bañarse”. No es que seamos inconscientes, pero la verdad que estaba tan lindo el lugar que se prestaba para un bañito, más teniendo en cuenta el calor pesado que había. Y así fue como abriendo tranqueras y pisando alambrados nos metimos en aquel lugar maravilloso para luego “como Dios nos trajo al mundo”, sumergirnos en el agua.

La llegada a Cañas fue muy pintoresca dado que nuestra llegada despertó extrañeza en los presentes. Ese día había mayor movimiento que de costumbre porque había pago de asignaciones, eso nos diría rato después un referente político de la zona. En el almacén “El buen trato” ingresamos a buscar agua con Fabián, mientras afuera Ayrton les contaba a gurises y mayores sobre nuestra travesía.

El pueblito se encuentra en una cuchilla llena de paisajes serranos. La primera vez que había escuchado sobre este lugar, fue a través de un periodista de Brecha que me había pasado el dato de la proporción alta afrodescendiente, lo cual pudimos corroborar paseando por el lugar. Hay varias casitas construidas en barro y paja y también otras de MEVIR. Efectivamente, todas cuentan con electricidad. Pese a ello, la sensación de ser un pueblito aislado es grande y real. Ni siquiera Google Maps logra especificar bien en qué parte de Uruguay estamos, solo sabemos que a no muchos kilómetros de aquí se encuentra territorio brasilero y que para volver a la ruta habría que pedalear varios kilómetros.

 

Mountain bike bajo lluvia

Pasado el mediodía, comenzamos a transitar el largo trecho de unos 30 kilómetros hacia la ruta 26 siempre por camino de balasto y empedrado. Sin lugar a dudas, un circuito ideal para los que gustan del mountain bike.

Lo que comenzaba a ser una amenaza, era la posibilidad inminente de ser atrapados por la tormenta que detrás nuestro se aproximaba. El cielo se puso completamente gris oscuro brindando una escena natural maravillosa. A pesar de nuestros esfuerzos en pedalear lo más rápido posible, no logramos llegar a ninguna casa ni tampoco encontrar grandes árboles para el refugio.

Otra típica lluvia veraniega cayó con intensidad sobre nosotros, los intentos por no mojarnos fueron en vano y debajo de unos arbustos aguardamos un rato hasta que aflojara el agua, comiendo algunos refuerzos que sobraron del desayuno.  

Es bastante incómodo pedalear con la ropa y todas tus cosas mojadas, pero lo cierto es que no había opción, teníamos que seguir igual pese a la lluvia que ahora había mermado bastante. Más adelante encontramos al fin una estancia que contaba con un galpón donde nos quedamos refugiados por un rato e incluso improvisamos una cuerda de ropa para colgar nuestras cosas empapadas.

Nos encontrábamos en el Establecimiento “Don Liborio” de Benito Orloyón, en Saldaña “12 sección” como marcaba un viejo cartel colgado sobre la tranquera. Minutos después, apareció el dueño del lugar llamado John Muniz que vivía allí con su compañera. Él nos dijo que no habría problemas si queríamos aguardar por un rato en el lugar y luego nos pidió sacarnos una foto en la puerta, ya que no es muy común la visita de ciclistas por estos pagos.

Seguimos avanzando por aquel camino fangoso y resbaladizo. Las ruedas traseras de las bicicletas a toda velocidad levantaban el barro que se pegaba en nuestras espaldas. Y así seguíamos, cansados pero contentos de esta nueva aventura que se había presentado en esta travesía.

Cuando veníamos en pleno repecho apareció por detrás una camioneta pickup (primer y único vehículo que veríamos en aquel camino) y se estacionó al lado nuestro. Se trataba de John y su compañera que ni bien frenó nos dijo “se viene el agua y vine a arrimarlos unos kilómetros”. Un fenómeno, otro nuevo “oasis en el desierto” durante nuestro viaje.

 

Hasta el Lago Merín

El aventón de John nos vino como anillo al dedo, quedaban aún mucho por recorrer y de no ser por él, no sé exactamente cómo hubiéramos finalizado aquella jornada. Lo cierto es que habíamos ganado varios kilómetros y ahora quedarían unos 20 de pedaleo hasta Río Branco.

Cuando llegamos a aquella ciudad fronteriza estábamos muy cansados. Sólo pensábamos en llegar a un lugar donde poder tirarnos a descansar, aunque no era fácil la cuestión por dos motivos: nuestras carpas y cosas estaban empapadas (por lo cual sería complicado el camping) y además no había lugares donde quedarse. Desde el inicio de la travesía una de las cosas que nos habíamos planteado era “no pagar en alojamiento excepto en El Cocal”, como efectivamente fue.

Aún si hubiéramos querido, Río Branco no presentaba muchas alternativas de alojamiento salvo algunas posadas y hoteles que en realidad no estaban acorde a nuestros bolsillos ni tampoco al espíritu de la travesía.  

Quedaría entonces otro tramo para recorrer, serían los 20 kilómetros hasta el Lago Merín, el balneario más importante de la zona, muy frecuentado por locales y también brasileros que incluso tienen sus propias casas de verano allí.

Durante ese trayecto es que empezamos a visualizar los arrozales, motor productivo central de la región. Ayrton y Fabián me sacaron gran ventaja en la ruta entonces yo aprovechaba para bajar el ritmo de la velocidad y me dedicaba a fotografiar los paisajes. Así fue como pude observar una linda puesta de sol entre aquellos arrozales.

“Tratá de mantener la velocidad” me decían mis compañeros, yo intentaba poner mi mejor voluntad y seguir su velocidad. Ya era caída la noche cuando empezamos a ingresar al balneario. Allí vimos al móvil de policía caminera en la entrada y una vía paralela a la ruta para quienes salen en bicicleta o a correr. Recuerdo un comentario de Fabián con respecto a ello: “acá no se ven mujeres haciendo deporte”. Era cierto, desde que estábamos de travesía aún no habíamos visto ninguna mujer haciendo ejercicio en solitario y finalmente terminamos teorizando con que ello respondía quizás a una cultura conservadora por estos lares.

Estando en el centro llamamos a Amir, un pintoresco caudillo político del balneario que constantemente nos hablaba de su carrera y éxito político en la zona y que sería nuestro contacto para poder conseguir un lugar donde pasar la noche.

El salón comunal sería finalmente ese lugar, pero antes disfrutaríamos de unas pizzas con cerveza que tan bien merecíamos después de tanto esfuerzo. Como otra anécdota graciosa queda la borrachera de Ayrton esa noche. Es que él es flaquito y no acostumbra a tomar alcohol y cuando llegamos al boliche se le ocurrió sacarse la sed con cerveza… así le fue. Mientras charlábamos en la mesa con Fabián, él se reía solo recostado en una pared frente a nosotros.

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En situaciones límites la capacidad creativa humana suele aparecer. Así pasó en el salón comunal de Merín con Fabián, que no soportaba tener toda su ropa mojada por la lluvia que nos había agarrado en la tarde. Entonces ideó un sistema de secado con una vieja cocina que se encontraba allí, prendió todas las hornallas de la misma y durante varios minutos estuvo parado “colgando” la toalla para sacarle la humedad.

Ya en el salón, unas duchas refrescantes (había un calor húmedo insoportable) y finalmente el descanso. En mi caso tuve suerte que mis compañeros me dejaron dormir en un colchón, Ayrton había prácticamente “muerto” en un sillón, mientras que Fabián se instaló arriba de una mesa con su sobre. Los que estaban fatales eran los mosquitos, que se hicieron un banquete con nosotros durante toda la noche y también nos dificultaron el descanso. Fin de un nuevo día cargado de emociones y vivencias.