DÍA 34 – Por tierras de arrozales

Sábado 10 de enero 2015. Casi una semana de travesía rutera y sin embargo parece mucho más. Es que tantos paisajes y caminos recorridos, tantas emociones y experiencias vividas, te hacen sentir que el comienzo fue varios días más atrás.

La madrugada nos encontró en el salón comunal ubicado en Lago Merín, donde la noche anterior, cansados de tanto pedalear habíamos arribado de la mano de Amir, un caudillo pueblerino.

Una noche terrible, con muy poco descanso, producto de la cantidad de mosquitos y el calor pesado que había en aquel lugar. Había llovido el día anterior y desde las primeras horas ya se descolgaba un radiante sol, generando una atmosfera insoportable. Por lo menos, era una buena oportunidad para hacer un necesario secado de ropa y cosas que se habían empapado durante el trayecto Cañas-ruta 26. Como ya nos era común en esta travesía, utilizando varias sillas del salón, improvisamos un sistema pintoresco pero eficiente para ello.

Estábamos en el balneario más importante de la zona y a no muchos metros de la laguna. Sin dudas, era “el momento” apropiado para un buen chapuzón. Y hacia allá fuimos, tratando de agarrar toda la poca sombra posible que a esa hora uno podía encontrar en el camino. Una sensación térmica aproximada de 35 grados que sin dudas amenazaban con ser el principal enemigo durante toda esa jornada en la cual tendríamos muchos kilómetros más por recorrer.

Tal como preveíamos, la playa se encontraba repleta de gente y nos fue muy difícil encontrar algún arbolito que sirviera de refugio, entonces solamente atinamos a dejar nuestras cosas en algún lugar y mandarnos al agua. Un baño sumamente disfrutable en un lugar ubicado sobre una de las reservas de agua dulce más importantes del mundo (ver recuadro).

Siendo ya mediodía y después de aquel refrescante “aguazo”, volvimos hacia el salón para aprontar todas nuestras cosas y darnos una última ducha antes de salir. El próximo destino sería retornar a Río Branco, adonde sí o sí (porque no hay otro camino) deberíamos volver para poder continuar rumbo a nuestro destino final llamado “El Cocal”, en la costa oceánica rochense. El sofocante calor realmente no invitaba a pedalear, entonces fui hasta la oficina de información turística cercana al salón para averiguar algún ómnibus que nos arrimara hasta la ciudad fronteriza. No es ninguna sorpresa la novedad, pero allí sonaba también Lucas Sugo.

Organizar nuestro equipaje fue mucho más difícil que los demás días y ello respondía al cansancio de no haber dormido bien y también al despliegue físico del día anterior. Pero finalmente, llegó la hora de la partida después de comer un arroz con gustos de esos que Fabián había traído para compartir.

Durante unos minutos, aguardamos el ómnibus que llevaba a Rio Branco, cuando éste llegó a la parada el guardia nos dio una información que nos cayó como balde de agua fría: el boleto salía barato (algo así como 20 pesos) pero… ¡nos querían cobrar 150 por cada bicicleta!

Hete aquí uno de los grandes problemas (y también despropósitos) que presenta nuestro querido paisito: el cobro desmedido por llevar tu bicicleta en la bodega. Puedo entender que las empresas que mueven gran cantidad de pasajeros te quieran cobrar un extra, pero siempre y cuando ese extra no sea disparatado, como lo era en este caso que encima venía con la bodega semivacía. Lo cierto es que si se quiere fomentar el ejercicio físico, el uso de la bici y también al turismo, hay empresas de transporte que deben caer en razón. (Ojo, no son todas, por ejemplo COT y COPSA no cobran un costo extra en sus frecuencias Montevideo- Maldonado y aquí en Paysandú COPAY tampoco lo hace).

Por supuesto que nuestra respuesta fue contundente, ni “mamados” estábamos dispuestos a pagar esa suma disparatada y optamos entonces por aguardar allí y esperar tener suerte con un nuevo aventón que, después de una hora, llegó.

Otra vez un vehículo de gente trabajadora, un camión de una empresa perforadora que no vaciló en detenerse y darnos el ok para llevarnos de nuevo a la ciudad. Como forma de agradecimiento por aquella “gauchada” le ofrecimos unos pesos al conductor, que no quería aceptar el dinero a tal punto que lo tuvimos que dejar a escondidas en la gaveta del camión.

Unos baurú inolvidables y el retorno de Fabián

Solo dos empresas de transporte de pasajeros unen Río Branco con la capital, esas son Rutas del Plata y Nuñez. En esta última fue donde Fabián consiguió su pasaje de regreso, el coche saldría a las seis de la tarde y eran alrededor de las quince. Entonces les propuse a mis compañeros de travesía una despedida “a lo grande” comiendo unos baurú en la ciudad brasilera de Jaguarao.

Una linda motivación para comenzar -ahora sí- a meter pedal hasta llegar al país hermano. Nuestro paso fue totalmente desapercibido por el puesto aduanero y después de cuatro kilómetros ya estábamos del otro lado del río. Con una mano en el manubrio de la bici y la otra en el celular (para registrar fotos) fui siguiendo el recorrido de “Coco” y Fabián, deslumbrándome a la vez con el monumental puente Barón de Mauá, obra arquitectónica construida en 1927.

Siempre me ha resultado curioso que aun a tan poca distancia, los paisajes urbanos en las ciudades brasileras linderas difieran tanto de lo que se observa del lado uruguayo, sobre todo la angostura de las calles y las fachadas de las casas.

Era la primera vez que Ayrton cruzaba al Brasil, entonces con Fabián le empezamos a hacer un rápido cuestionario sobre ruedas para saber qué tanto sabía del lenguaje portugués, ello llevó también a que le cambiáramos el apodo pasando a ser “Coquinho”, nombre con el cual lo “descansamos” (términos propios de Ayrton) durante largo rato.  

Frente a una plaza encontramos un restaurante atendido por una pareja adulta que hablaba en un portugués bastante cerrado, pero igualmente no tuvimos ningún problema para hacernos entender. No faltó la oportunidad de contarles sobre Uruguay Alternativo, ni tampoco de que ellos nos contaran sobre su ciudad.

Después llegó un gran momento en el día cuando llegaron los ansiados (y deliciosos) baurú que bajamos con una bien helada “cerveija”. Panza llena y corazón contento, retornamos lentamente a Río Branco hasta llegar a la agencia donde despedimos a Fabián, el tercer valiente que se había sumado algunos días a pedalear en este precioso viaje. Bicicleta a la bodega y el saludo desde arriba del ómnibus donde pocos minutos después comenzaría el largo viaje a Montevideo. Mientras ello sucedería, Ayrton y yo ya estábamos de nuevo pedaleando por ruta 26 para luego más adelante rumbear por la 18 (con destino incierto) pero sí con intención de arrimarnos al punto final de la travesía.

Noche al costado de la vía ferroviaria en Vergara

Una parada logística en la ANCAP ubicada a la salida de Río Branco y después 45 largos kilómetros de pedaleo por paisajes donde predominan arrozales y praderas. No es casualidad que así sea, ya que según un informe del INIA, Treinta y Tres, Cerro Largo y Rocha concentran casi el 80% de las superficies arrozales del país; el mismo documento subraya que somos el país más exportador de este grano en América Latina.  

Esta ruta no muestra nada nuevo respecto a los paisajes que vimos los días anteriores, aunque si se pueden observar diversidad de aves y entre ellas llaman mucho la atención los grandes chajá, tan comunes en esta zona del país.

Una vez más volvimos a quedar aislados en medio de la ruta. Lejos de asustarnos, seguimos metiendo pedal hasta que otra vez un conductor volvió a apiadarse de nosotros y frenó para ofrecernos arrimarnos hasta Vergara.

Esta vez no fue tanto el cansancio, sino más bien el deseo de llegar a armar el campamento que sería improvisado en un pueblo que en realidad estaba muy lejos de donde veníamos. Ese pueblo era Plácido Rosas. La noche ya había entrado y nosotros volvíamos a subirnos a la caja de un camión para seguir adelante con el viaje.

Así atravesamos el río Tacuarí, el pueblo Rincón y finalmente llegamos al empalme donde nos bajamos. Entrada triunfal a ciudad de Vergara, en una noche que se encontraba muy agradable y por ende con mucha gente en reposeras, observándonos con curiosidad desde el frente de sus casas.

La siguiente parada fue en la plaza de la ciudad, en un carrito de comida rápida donde nos dimos un tiempo para comer. Estábamos muertos, pero igualmente quisimos seguir avanzando camino a La Charqueada. Para ello, debimos atravesar la ciudad y tomar un camino de balasto que casi 40 kilómetros después nos llevaría hasta allá. Sin embargo, era una locura el esfuerzo, más porque era una noche sin luna y por ende sumamente oscura lo cual hacía muy difícil el trayecto. Pensamos también en acampar al lado del camino, pero el terreno estaba muy sucio y sobre todo fangoso luego de la lluvia que por allí también había caído.

Entonces nos mandamos una “jugada” -en realidad un poco arriesgada- que consistió en dar marcha atrás hacia la ciudad y pedir permiso para acampar en el patio de una casa que estaba próxima a la salida (cerca de la planta de Saman). Unos minutos antes, allí nos habíamos topado con Waldemar, un vecino del lugar que nos había informado el camino que debíamos tomar para La Charqueada. No llegamos a bajar de la bici, cuando éste buen hombre nos ofreció dormir en su galpón. Sumamente agradecidos, volvimos a recibir una mano solidaria en este viaje inolvidable.

Mientras Waldemar nos convidaba con soda bien fría, conversábamos con él y hacíamos nuestras cuchas improvisadas –en principio- con cueros de oveja y hamacas paraguayas. Sin embargo, luego terminamos armando la carpa dentro del galpón, dado que con el calor se habían amontonado una cantidad de bichos que sobrevolaban nuestras cabezas. El agotamiento llevó a que ni bien nos acostamos, quedamos liquidados sobre nuestros cómodos colchones. Fin del día 7, el penúltimo de la travesía.

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Lago Merín se encuentra ubicado en una zona que ha sido declarada por la FAO como Reserva mundial de agua dulce. Con hermosas cabañas entre bosques, hoy es una opción turística singular y sumamente disfrutable. Un viento y un oleaje permanentes agitan aquel mar de aguas verdes, dando la sensación de estar en alguna zona rumorosa del Atlántico. Pero la playa es muy llana y el agua carece de salinidad. En algunos fragmentos del horizonte se dibujan sombras; son los árboles que crecen en la orilla brasileña de este lago, grande como un mar. Al ver por vez primera la Laguna Merín, el viajero se maravilla de su extensión: los 3.750 km2 que la convierten en la segunda reserva de agua dulce en latinoamérica. El alojamiento es de muy buen nivel y es un sitio donde abunda el turismo a lo largo de todo el año, acentuándose en los meses que comienza el calor cuando se avecina el verano. Las posibilidades de hospedaje son muy amplias, disponiendo de un lujoso hotel con todas las comodidades, alquiler de casas, bungalows, chalets y dos extensas zonas de camping. Los precios son más módicos que en cualquier balneario del este. Ya saliendo de la zona poblada y turística, comienzan los bañados con su rica fauna criolla. Garzas, patos masarico, chajás y ñandúes habitan las verdes praderas ubicadas detrás de los médanos de la costa. Un poco más adentro, en el monte, abunda el carpincho. También hay abundancia de nutrias y algunos yacarés.

Más información en  www.lagomerin.com.uy