DÍA 35 – Destino final

Domingo 11 de enero 2015. El cacareo y revoloteo constante de las gallinas sobre el techo de chapa de aquel humilde galpón, eran los únicos sonidos que la mañana ofrecía en Vergara. Hasta aquella ciudad, situada en el noreste del departamento de Treinta y Tres (sobre las costas del arroyo del Parao) habíamos llegado la noche anterior en busca del descanso. Un paisano llamado Waldemar, nos había abierto las puertas de su casa solidariamente, ofreciéndonos lugar para dormir y agua.

Eran cerca de las diez de la mañana cuando desperté. Mientras Ayrton seguía roncando, yo ya comenzaba a tener la sensación un tanto amarga de saber que el final de la travesía estaba cerca.

El hecho de pensar que en unos días estaría durmiendo nuevamente en una cama, me gratificaba; sin embargo, la emoción y adrenalina que el viaje alternativo despierta, se esfuma cuando uno vuelve al confort citadino. El viajar de la manera que nosotros lo hacemos, enriquece el espíritu y abre la mente. Se aprende a apreciar las cosas más simples, compartir y aprender de gente diferente a uno y disfrutar de paisajes que en otras circunstancias pasan desapercibidos.

¿Cuánto agrega de valor a la experiencia el viajar en bicicleta? Mucho. Es que la bici es única porque te permite andar libremente y con todos los sentidos. Me viene a la mente una escena de la película “El viaje hacia el mar” en la que el personaje de Hugo Arana (chofer del camión) le dice a uno de sus compañeros de viaje: “cuando parás en el camino ves lo que fuiste dejando atrás, porque el viaje es lo de atrás, un día se lo contás a los amigos y lo vas recordando y ahí… ves todo clarito”.

Esta travesía aún tenía varios kilómetros por delante, así y todo no podía evitar procesar el latente final. Pero al fin y al cabo, es como dice la canción: “solo se trata de vivir”.

Al salir del galpón, Waldemar y su señora nos daban los buenos días, mientras mateaban tranquilamente en el patio de su casa. Yo aproveché para cruzar el alambrado y recorrer la vieja estación de tren, pegada al hogar de nuestros anfitriones. Allí me encontré con montón de chatarra, fierros retorcidos y vagones donde -pese al óxido- aún se podía leer la sigla “AFE”. Un paisaje bastante común en pueblos del interior que da tremenda nostalgia, aún a quienes –como en mi caso- ni siquiera fuimos testigos de otras épocas, donde los ferrocarriles eran moneda corriente en todo el Uruguay.

Luego de amenas conversaciones con los locales, emprendimos la retirada de aquel pago, no sin antes obviar una visita a un almacén donde poder surtirnos de comida y agua para el largo trayecto que nos esperaba.

 

Baño en el Cebollatí y comienzo de la odisea

Meta pedal fuimos dejando atrás Vergara con aquella gran planta arrocera que en la medida que avanzábamos, iba perdiéndose a lo lejos. Fuimos por el camino de balasto, el mismo por el cual habíamos intentado transitar unas horas atrás y del cual desistimos debido a la oscuridad que nos había complicado el paso.

Unos 37 kilómetros nos separaban del siguiente destino en el límite donde se unen Treinta y Tres con Rocha, el pueblo La Charqueada (Gral. Enrique Martínez) a orillas del Cebollatí.

Cuatro horas y algo más de ejercicio a puro sol. Un trayecto que se hizo más largo de lo pensado, producto del cansancio acumulado en esta larga travesía iniciada en Tacuarembó. Debo admitir que mi estado físico no es ni cerca el mejor, como sí es el caso del atleta Ayrton, un casi profesional del deporte. Sin embargo, considero que más que físico, lo que a uno lo mueve es la voluntad y en ese sentido estoy convencido de que el esfuerzo en esta aventura, valió la pena. El salir en busca de vivencias enriquecedoras es el objetivo principal en este viaje, que poco tiene que ver con un desafío atlético.

Muy pocos vehículos pasaron por este camino mientras nosotros pedaleábamos, no parecía ser un lugar con mucho movimiento. La tranquilidad que se respiraba por aquellos campos nos regaló la posibilidad de observar animales imposibles de ver en centro poblados, como por ejemplo mulitas.

Cuando llegamos al pueblo, serían cerca de las tres de la tarde, las calles estaban desiertas y había poca gente en la vuelta. Nuestra parada siguiente fue un almacén donde compramos unos panes y fiambre, el almuerzo que comeríamos sobre una de las glorietas que hay frente al río. Sentados en un banco disfrutando nuestro banquete, observábamos entre las tablas a los peces que se amontonaban en busca de las migas que caían al agua.

El calor húmedo persistente molestaba bastante y sin dudas invitaba a un refrescante baño en aquel río que se encontraba muy sereno. Cuando terminamos de comer, pedaleamos unos pocos metros para hacer el cruce en la balsa que nos dejaría del otro lado (en suelo rochense) donde finalmente nos dimos el ansiado chapuzón.

Después, otra vez tomar un camino de balasto, para llegar luego de unos diez kilómetros al pueblo Cebollatí que atravesamos rápidamente para seguir hacia Lascano. Aquí comenzaría una larga odisea, varios kilómetros de recorrido en bici y otros tanto en ómnibus.

Para ser sinceros, llegó un momento de la tarde que estábamos aburridos de pedalear, no tanto por cansancio sino por el paisaje monótono. Debimos refugiarnos en una garita dado que comenzó a lloviznar y ahí nos quedamos un buen rato hasta que pudimos tomar un ómnibus que nos dejó en Lascano, aunque en el medio hubo una parada obligada en la ruta, dado que el coche en el que íbamos seguía para el pueblo 18 de julio, mientras que otro llegaría a levantar a los que queríamos ir a Lascano. Allí, a la espera de ese ómnibus, me entretuve observando los palmares típicos que frecuentan esa zona del país.

 

Punto final de la travesía

Nunca falta el clásico carrito de comida en la plaza de alguna ciudad o pueblo del interior. Lascano no fue la excepción. Ahí nos mandamos unos buenos choripanes de merienda-cena que sirvieron para calmar el hambre generada por el despliegue físico.

Y la odisea continuó. Hubo que esperar un ómnibus para ir hasta el Chuy, y después otro más en aquella ciudad fronteriza que nos llevaría finalmente hasta la ruta donde se encuentra el acceso a El Cocal (ver recuadro).

No es fácil moverse sin vehículo en la costa oceánica durante el verano y las frecuencias tampoco son muchas, por lo que es común viajar hacinado en esta época y también tener que soportar a algunos malhumorados (no todos) guardas o vendedores de pasaje que quieren cobrarte un platal por trasladar en la bodega tu bici.

No faltará quien nos reclame el haber utilizado tanto ómnibus durante este último día de travesía, pero lo cierto es que tengo dos argumentos claros para explicar el porqué de eso. Primero, la costa rochense a esta altura del año se llena de gente que no es del lugar, por lo cual considero que un balneario como Punta del Diablo por ejemplo, no tendrá mucho de auténtico para mostrar en esta época. Segundo, no estaba en nuestros planes abonar (y dejarnos robar) en camping y otros servicios por estos lares; es bien sabido que los precios en todos los rubros se disparan en esta zona y lejos está eso del espíritu del turismo alternativo que queremos fomentar.

Eran cerca de las dos de la mañana cuando finalmente nos bajamos en la ruta 9 a la altura del kilómetro 273. Allí tomamos el camino de balasto de seis kilómetros que lleva hacia El Cocal. Un cierre muy simbólico, ya que en este lugar fue donde comenzó la amistad con “Coco” a quien conocí dos veranos atrás como compañero de trabajo en aquel camping. Emotivo final de una travesía inolvidable para esta nueva aventura incluida en el gran tour que Uruguay Alternativo viene realizando desde 2013.

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El Cocal es un lugar alejado del ruido, cercano al mar y perdido entre la naturaleza donde se respira una verdadera paz y muy buena energía.

Sobre las dunas asoma el Parador, una construcción sostenida por grandes tablones de madera, al igual que el molino de viento que sirve como proveedor sustentable de energía. Es que en El Cocal no existe la energía eléctrica, salvo la que algunos generadores y dichos molinos producen, lo cual son un gran atractivo de este lugar permitiendo así transformar las noches en un espectáculo maravilloso.

El gran ideólogo de la propuesta es Carlos Fajardo, quien desde hace años percibe a El Cocal como una iniciativa de largo plazo enmarcada en una forma de turismo que día a día toma más fuerza a nivel mundial, como lo es la eco-sustentabilidad.

Otro punto a favor, es que no se permite el ingreso en auto a la zona de camping ya que precisamente la idea es respetar y disfrutar del paisaje sin necesidad de ruidos ni luces artificiales.

Recomendable también el parador, tanto en precios como en calidad; se pueden comer aquí deliciosos platos caseros (cocinan con verduras orgánicas) y tomar algún licor de butiá preparado por gente de la zona.

De noche a veces pinta cantarola o algún espectáculo musical con gente que anda en la vuelta en el marco de un clima familiar y fraterno.

El Cocal resulta entonces una experiencia sumamente atractiva, donde el diferencial está en disfrutar del paisaje más que el confort al cual nos tiene acostumbrados la sociedad del consumo. Sin dudas, una gran sugerencia para quienes gusten disfrutar de la playa, la naturaleza misma y una vida desacelerada.

Se ubica en el Km 273 de la ruta 9, a pocos kilómetros de Castillos. Las empresas de ómnibus que llegan hasta allí son Rutas del Este, COT y Cynsa. En caso de ir por esta vía, deben solicitar al guarda o chofer que desean bajar en El Cocal.

Más información en el sitio www.elcocal.com.uy