DÍA 36 – Desde una triple frontera

Miércoles 27 de enero 2016. A poco más de un año de aquella travesía que unió Tacuarembó con El Cocal (Rocha), en esta ocasión -quizás un poco más cansados  pero siempre con las mismas ganas- comenzó un nuevo viaje hacia distintos rincones del paisito, en esta ocasión visitando localidades de Treinta y Tres, Lavalleja y Maldonado.

Como todos los viajes, este es diferente y presenta algunas particularidades: a algunos de los ciclistas que se sumaron a la travesía no los conozco personalmente, mientras que quien me acompaña desde Paysandú, lo hará por primera vez como parte de este colectivo que impulsa al proyecto Uruguay Alternativo.

Ajustado de tiempo, el martes por la tarde-noche, preparé mi equipaje, el que me acompañaría durante todo el recorrido: carpa, sobre de dormir, ropa, linternas y objetos básicos para camping y por supuesto… la bicicleta.

El compañero sanducero que viaja comigo desde Paysandú, es un tocayo también llamado Juan Andrés, y hace más de un mes se copó con la idea de vivir esta experiencia. Poco antes de emprender la retirada hacia la terminal, para tomar el ómnibus que nos llevaría hasta Montevideo, ya se encontraba ansioso en mi casa con toda su carga, pronto para la partida.

Después de unas cinco horas de viaje, a eso de las dos y media de la madrugada, llegamos a la casi vacía Terminal Tres Cruces. Llamaba la atención el silencio y el prácticamente inexistente movimiento de buses y gente que allí se encontraba.

Para hacer pasar más rápido el tiempo, nos tomamos un polentoso desayuno antes de embarcarnos en el ómnibus que nos llevaría al lugar desde donde comenzaríamos a pedalear: Cerro Chato.

Ni bien abrió el local de la agencia, nos arrimamos al mostrador para confirmar nuestros pasajes ya reservados con antelación. En realidad, no nos preocupaba tanto el tema de “tener pasajes” ya que dicha frecuencia en este horario (5.00 am) no suele llevar muchos pasajeros, sino que el interés estaba en el hecho de poder contar con espacio en la bodega para cargar las bicicletas. Esto suele ser un problema recurrente en Uruguay, donde si bien, es notorio que hay más ciclistas en las rutas, no siempre las empresas se aggiornan a esta realidad, y a veces no te permiten trasladar la bicicleta o te cobran un precio más caro que el propio pasaje por llevarla.

Cinco menos cuarto, aparece un veterano de unos sesenta años, con la bicicleta cargada al hombro. Se trata de Alvaro, un comerciante cansado de la “vida moderna” uno de los que a través del Facebook, pidió para participar de esta travesía.

Tres de los cuatro ciclistas ya estábamos prontos para subir al bus. El otro integrante, si bien daba señales de vida mediante el celular, aún no aparecía. El chofer y guarda estaban aprestados a arrancar el pesado vehículo. El reloj de los andenes marcaba las 4.57. Cuando todo parecía que el “cuarto elemento” no llegaba, tras las puertas corredizas de la terminal, se vio la sombra de un flaco alto que cargaba una bicicleta acompañado por una señora (la madre) quien traía consigo una mochila y sobre de dormir. Francisco, el benjamín de este grupo, finalmente llegó para viajar.

A la apurada, ayudamos al guarda a abrir la puerta de una bodega, donde pudimos colocar su bicicleta.

Como si ya nos conociéramos de antes, comentamos sobre el adrenalinesco momento por el cual acabábamos de pasar. Sin mediar muchas palabras, los cuatro viajeros nos presentamos y tras un breve dialogo, nos echamos a descansar para poder llegar bien al comienzo de la travesía. Un viaje de cuatro horas nos esperaba hasta llegar a Cerro Chato.

 

A pedalear

A media mañana, al fin estábamos en el punto de partida. Entre diferentes ajustes a las bicis y ponerse el vestuario correspondiente para el ejercicio, tardamos como una hora. Algunos transeúntes que pasaban, nos miraban con curiosidad; otros, se animaban a saludar y también a conversar, como fue el caso de Gastón, un peluquero oriundo de El Pinar (Canelones) a quien “el amor lo trajo hasta aquí”, donde tiene uno de los dos locales donde desarrolla su oficio, y nos contó que “la otra sucursal” la tiene en el vecino pueblo de Batlle y Ordóñez.

Cerro Chato se encuentra en la zona centro del país, sobre la Cuchilla Grande, en una triple frontera, ya que se esparce entre territorios de los departamentos de Treinta y Tres, Florida y Durazno. La localidad, de unos 3.500 habitantes, surgió en torno a la ganadería extensiva, que ha sido desde siempre su principal actividad económica. Sin embargo, en los últimos años la inminente instalación de la minera Aratirí para explotar el hierro de la zona, aparece como una nueva posibilidad para el desarrollo local, lo cual es visto por muchos habitantes como algo positivo pero también ha sido muy cuestionada por productores rurales del lugar, quienes entienden que dicha explotación conllevará riesgos ambientales y amenazas para sus intereses productivos. Más allá de la polémica, lo cierto es que por el momento la situación se encuentra en stand by y algunos de los trabajadores de la firma, están aún en seguro de paro.

En media hora, hicimos un recorrido por esa ciudad, que al igual que muchos otros lugares, mostraba un panorama muy tranquilo. Ocurrió aquí un hito histórico en la democracia del Uruguay y de toda América Latina: en Cerro Chato votaron por primera vez las mujeres. Ello ocurrió en 1927, cuando los pobladores debieron decidir a qué departamento querían pertenecer, resultando Durazno abismal ganador, más allá de que aún en estos días la administración sigue siendo compartida por los tres departamentos, lo cual se encuentra simbolizado en la “plaza de los escudos”, que también tuvimos oportunidad de conocer.

Aprovechamos también para visitar uno de los puntos que todas las guías de turismo nacional destacan de esta localidad, se trata del Salto de Agua, ubicado a dos kilómetros y medio del centro poblado. Una zona de recreación que posee tres piscinas naturales a las cuales les llega el agua en forma de cascada. Allí, cada febrero se lleva a cabo el “Festival del Folclore Salto de Agua”, para el cual los cerrochatenses ya se estaban preparando por estos días, un evento muy anunciado en los afiches colgados en cada comercio de la ciudad.  

El sol estaba radiante, aunque a decir verdad, el calor no resultaba una amenaza terrible. Al salir del Salto de Agua, volvimos a la ruta 7, para continuar el rumbo hacia Santa Clara del Olimar (pago de Aparicio Saravia) adonde llegaríamos luego de unas horas, tras pedalear unos 30 kms. Lentamente, fuimos disfrutando de un tranquilo paseo por las sierras, donde aprovechamos para conocernos un poco más entre nosotros, los viajeros.

Cada uno portando su equipaje, cada uno portando sus historias. Así, fuimos haciendo camino al andar, hasta llegar finalmente aquel pago cargado de historia, sobre el cual les contaré en la próxima edición. Sobre las nacientes del río Olimar, instalamos el campamento donde pasaríamos la primera noche de una travesía que recién comenzaba.