DÍA 37 – 80 kilómetros hasta la Quebrada

Jueves 28 de enero 2016. El día anterior habíamos llegado hasta Santa Clara del Olímar, donde hoy amanecimos en un campamento que improvisamos sobre las nacientes del río Olimar. En la noche de la víspera, mientras mis compañeros de travesía descansaban, yo me fui hasta una de las dos pizzerías que se encontraban abiertas. Mientras tomaba una cerveza, observaba el movimiento del pueblo, que como la gran mayoría de los pueblos visitados en cada travesía, se mostraba muy tranquilo. La pasividad de la noche solo era interrumpida por el ruido de alguna moto que pasaba de vez en cuando. En la mesa de al lado, tres chiquilinas no mayores de 16 años, le pedían con total naturalidad a la moza, una pizza y “una cerveza”, a lo cual ésta accedió sin preocupación alguna. Como veterano nostálgico, pensé hacia mi interior, la relajada que me hubiera ligado de mis viejos, si a esa edad se me hubiera ocurrido pedir algo así con tanta naturalidad. Este episodio, junto al grupo de batucada con el cual me crucé de regreso al campamento, fueron los hechos llamativos que observé del pueblo esa noche.

Santa Clara cuenta con 2341 habitantes y se encuentra ubicada en la zona noroeste del departamento de Treinta y Tres, a la altura del km 282 de ruta 7. Al igual que Cerro Chato y pueblos alrededores, la ganadería y la forestación son el motor principal de la actividad económica local.

En este pueblo, aún se conservan vestigios de un pasado histórico muy importante, fundamentalmente relacionado con la historia política de nuestro país. No muy lejos de aquí, a unos 30 kms, se encuentra la Estancia “El Cordobés”, propiedad del caudillo blanco Aparicio Saravia, hoy convertida en museo departamental y de quien además, sus restos descansan en el cementerio de Santa Clara, desde que muriera en la batalla de Masoller, ocurrida en 1904.

Durante la estadía en este lugar, pudimos observar las ruinas de una vieja iglesia, donde, según nos señalaron vecinos del pueblo fueron bautizados varios de los Saravia, y a unos kilómetros del centro, el radar de control aéreo, con su particular forma de pelota de fútbol. También se conserva el edificio donde vivió la reconocida escritora Juana De Ibarbourou (ahijada de Aparicio Saravia) durante varios años.

 

Pedaleando por Tupambaé

La mañana estaba fresca en el parque municipal “Nacientes del Olimar”. De hecho, el clima fresco –salvo pocas excepciones- iba a ser moneda corriente en toda la travesía.

Mientras aprontaba mi carga para salir de nuevo a pedalear, los demás compañeros se iban levantando y lentamente también iban armando sus mochilas. Sin dudas, el armado y desarmado de un campamento, siempre es una tarea que requiere mucha paciencia y también tiempo. Más cuando, como en nuestro caso, todas las mañanas hay que acomodar el equipaje que viaja en las mochilas y las alforjas.

Álvaro, el veterano y más experimentado del grupo en este tipo de travesías, sería pieza clave para solucionar algunos asuntos que se fueron presentando durante la aventura, desde bicicletas pinchadas, alforjas desacomodadas y la preparación de las comidas hechas al fuego directo.

Ya con la bicicleta preparada, me puse a conversar con Juan Clavijo, un señor de unos cincuenta años, encargado del parque. Curioso por nuestra presencia, le comenté sobre la travesía, y aproveché para consultarle sobre su pueblo. Tal como ya lo habíamos observado, Juan destacó la riqueza histórica que aquí se encuentra, destacando en especial todo lo relacionado con los Saravia. El sería quien nos contaría sobre la Estancia La Ternera (ver recuadro) y también sobre el particular matadero que existe en el acceso mismo al parque municipal: “Creo que es uno de los pocos que aún existen en el país”, señala con orgullo y agrega que el mismo es utilizado por vecinos y sobre todo carniceros del pueblo.

Continuando hacia el norte por la ruta siete, unos 20 kilómetros separan a Santa Clara de Tupambaé, donde haríamos la siguiente parada. Previo a ello, haríamos un ingreso a la “Tapera de Faciolo”, lugar que recuerda la Batalla de Tupambaé, una de las más sangrientas ocurridas durante la guerra civil (junto a la de Masoller) y en la cual tanto blancos como colorados, agotaron sus municiones, en un enfrentamiento que finalizó con el retiro del ejército revolucionario.    

Al igual que como nos ha pasado con otros tantos pueblos, lo primero que llama la atención al ingresar al centro urbano, es la abandonada y antigua estación de tren. El viejo y herrumbrado cartel, indica la distancia de Tupambaé con la Estación central de la capital (unos 300 kms) y la altura sobre el nivel del mar (unos 300 mts). Del otro lado de la ruta, en una de las paredes del liceo, se puede leer la frase del El Principito “Lo esencial es invisible a los ojos”.

A esa altura, el reloj indicaba que estábamos sobre el mediodía y el hambre se hacía sentir. No habíamos realizado tantos kilómetros, pero el recorrido recién estaba comenzando, ya que quedarían algo más de cincuenta hacia el destino final de aquella jornada, la Quebrada de los Cuervos.

Caminando por el centro de este pequeño poblado, de no más de 1500 habitantes, encontramos una rotisería abierta, que era atendida por una señora llamada Silvia. Ella nos contó algo de su vida. Como otras tantas personas que hemos conocido haciendo ruta, es una montevideana que supo vivir también en Canelones y finalmente, desde hace más de 40 años se radicó por estos lares. Nos contó que el nombre del pueblo proviene del guaraní y significa algo así como “tierra de Dios” y que si bien se encuentra ubicado en la frontera entre Treinta y Tres y Cerro Largo, administrativamente depende de éste último departamento. Además, relató que, como el pueblo está ubicado sobre una cuchilla, suele ser muy ventoso durante todo el año (lo cual pudimos comprobar durante nuestro paso) y muy frío en invierno.

Luego de la amena charla, transcurrida mientras almorzábamos cómodamente sobre una mesa que ofreció la anfitriona, nos fuimos hasta la plaza, donde aprovechamos a hacer un breve descanso previo a la dura pedaleada que nos restaría. Antes de partir, nos tocó vivir un momento un poco incómodo generado por un par de policías con ganas de acción (ver recuadro).

Continuando por la ruta siete, unos 8 kms hacia el norte, doblamos por un camino de balasto que indicaba que a unos 40 de allí, se encontraba la Quebrada de los Cuervos. Eran cerca de las cuatro de la tarde y según Álvaro, dado el paso que llevábamos, estaríamos llegando de noche a la Quebrada, lo cual finalmente sucedería horas después.

En el camino, un perrito visiblemente abandonado, se sumó como uno más a la travesía, recorriendo varios kilómetros -seguramente motivado por las galletas y el paté con el cual lo convidamos- hasta quedarse definitivamente en una estancia.

El calor que reinaba en la tarde, nos llevó a una parada estratégica para refrescarnos en un tajamar al lado del camino. Álvaro no dudó ni un minuto y se dio un rápido chapuzón. Juan caminó un poco por el agua mezclada con lodo, hasta cubrir sus piernas, que a esta altura estaban rojas y quemadas por el sol. Francisco y yo, simplemente observábamos el escenario y atinamos solo a mojarnos la cabeza.

El trayecto fue muy duro, sobre todo para Juan y para mí, que veníamos bastante desentrenados para la ocasión. Se trata de un camino de tosca, muy sinuoso y con mucho repecho. Claramente Álvaro y Francisco encabezaban el “pelotón” evidenciando estar muy bien preparados para este desafío atlético. En varias ocasiones se nos despegaron y hasta los perdimos de vista, dado que mi tocayo y yo cada tanto nos bajábamos de las bicis para descansar las piernas. Era el día de mi cumpleaños “33”, por lo cual el estar transitando suelos olimareños se ajustaba a la ocasión.

Más adelante en el camino, logramos ponernos a tiro y alcanzamos a los compañeros. Teniendo en cuenta la oscura noche y que solamente dos llevábamos iluminación, no quedaba otra que avanzar en conjunto hasta que al final un cartel nos indicó que estábamos ingresando en el área protegida “Quebrada de los Cuervos”.

En la Estancia “La Ternera”, ubicada en los alrededores de Santa Clara, sucedió uno de los crímenes más polémicos del siglo XX. Su propietario, José Saravia, un poderoso hacendado y caudillo, fue acusado de haber asesinado a su esposa. Saravia fue juzgado en dos oportunidades, pero luego de un largo y complicado proceso, un “Jurado Popular” lo declaró inocente. El acusado era hermano de Aparicio Saravia, pero a diferencia del caudillo blanco, José era un ferviente defensor de la divisa colorada.

No hubo saludo, mucho menos amabilidad. “Permítanme los documentos”, fue el pedido impuesto por un agente policial del pueblo, que se arrimó hacia nosotros acompañado de otro uniformado cachiporra en mano. El inicio de una situación tan innecesaria como absurda y desagradable. A nadie le gusta que le hablen mal, y mucho menos que lo traten como un posible delincuente o una amenaza para los pobladores. Parece que este señor tenía ganas de justificar su empleo y no halló nada mejor que venir a hablar con prepotencia a un grupete de cuatro ciclistas. “¿Con qué necesidad?”, le pregunté, y aproveché a recordarle que ya no estábamos más en dictadura, que vivimos en democracia. Sin embargo, su tono en ningún momento cambió, sino que por el contrario, fue más impertinente y respondió: “hable con el juez, esto es una orden judicial”. Nunca viví en dictadura, pero este simple episodio me dio para reflexionar sobre la impotencia y tristeza, que habrán sentido tantos compatriotas de generaciones mayores, en momentos en los cuales sus libertades fueron vulneradas flagrantemente.