DÍA 38 – Entre sierras y quebradas

Viernes 29 de enero 2016. Fresca y húmeda despuntó la mañana en la majestuosa Quebrada de los cuervos, accidente geográfico en forma de garganta ubicado a unos 45 kms de la capital olimareña. La noche anterior, muy agotados por el duro y largo trayecto, habíamos llegado a eso de las diez, con un par de linternas que sirvieron para iluminar un camino muy oscuro, producto de la luna ausente.

En el acceso a la Quebrada, primer área incluida en el Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP), nos recibió Daniel, guardaparques que desde hace casi diez años gestiona y conoce detalladamente el lugar.

Álvaro, el más veterano y experiente de los cuatro ciclistas, es quien lidera la llegada y entabla el primer contacto. A excepción de mi colega Juan, todos los que allí nos encontrábamos, conocíamos por diferentes motivos y situaciones a Daniel, por lo que como en tantas otras ocasiones, surge el clásico comentario -tan bien utilizado por una marca de refresco-  de “acá nos conocemos todos”. Y es así, independientemente de las distancias, dentro de los límites del Uruguay, siempre uno encuentra a algún conocido; y me animo a decir que no debe haber muchos países donde algo tan increíblemente pintoresco como ello ocurra.

Daniel es un tipo amable, muy dispuesto al diálogo. Al principio se vio sorprendido por nuestra visita nocturna y lentamente se fue enganchando con la conversación cuando le contamos el porqué de nuestro viaje. Luego nos acompañó hasta la zona donde instalamos nuestras carpas. Seríamos los únicos presentes en la solitaria y memorable noche de la Quebrada.

Después del armado del campamento, Álvaro, Juan y Francisco recorrieron zona de humedales junto a Daniel y allí –luego me contarían- quedarían maravillados ver por primera vez en sus vidas a las ranas “mono”, tan particulares por el sonido que emiten, como por sus colores.

Yo me sumaría poco después al grupo, que bien entrada la noche, se dirigió hacia la cabaña de Daniel para compartir un guiso que él había preparado. A la luz del fuego, compartimos una amena charla en la cual la naturaleza fue el tema principal. En determinado momento, el cansancio del pedaleo del día, comenzó a pesarme. Mis ojos se entrecerraban dejando en evidencia las necesarias ganas de ir a dormir. De camino a la carpa, fui poniendo atención en los sonidos que envuelve este paisaje tan especial.      

A la mañana siguiente, fui el primero en despertarme. Ya habíamos decidido la noche anterior, que íbamos a quedarnos una noche más, con la intención de aprovechar la estadía para conocer mejor el lugar. Esto marcaría una particularidad con respecto a todas las travesías anteriores: era la primera vez en todos los viajes realizados por el proyecto, que repetiríamos la noche en un mismo destino. Y vaya si valdría la pena, más allá de que ello significó dejar por fuera uno de los pueblos pintorescos que originalmente teníamos pensado visitar (Isla Patrulla), lugar al cual motivados, en gran medida, por la canción homónima de Los Olimareños, esperamos poder conocer entonces en otra instancia.

A media mañana, fuimos de vuelta a la cabaña de Daniel, donde aprontamos el mate para salir a recorrer la zona y charlar con él. Siempre entusiasmado, él nos cuenta sobre la realidad que le toca vivir estando al frente de la gestión de toda el área, lo cual evidentemente tiene sus complejidades. Entre otros temas, nos cuenta que está organizando la planificación de cara a Semana de Turismo, momento del año en el cual llega la mayor cantidad de visitantes a la Quebrada y que por ende, requiere de mayor cantidad de guías y personas trabajando, para lo que se realiza un llamado específico.

 

Bicicleta, senderismo y baño en agua cristalina

El paisaje protegido Quebrada de los Cuervos, incluye a más de 4000 hectáreas. Aquí se pueden observar palmeras pindó, árboles de yerba mate, árboles indígenas, variedad de helechos, pajonales, romerillos, guayabos, anacahuitas, entre otras especies. Existen también especies características de climas subtropicales como por ejemplo la falsa mandioca.

En cuanto a fauna, son diversas especies las que pueden encontrarse. Se destaca el cuervo de cabeza roja (que da nombre al lugar), el tatú de rabo molle, la seriema, el dragón, la culebra de Almada, el tamanduá (oso hormiguero) y el gato morgay. A excepción de los cuervos, no tuvimos suerte de toparnos con estos animales. Lo que sí pululan son las cabras, especies no autóctonas, que se han transformado en una amenaza para este paisaje, dado que son depredadores del mismo. Daniel se enoja al encontrarse con ellos, y nos habla de posibles planes para poder sacarlos del área, lo cual no parece ser sencillo.

Sobre el mediodía, luego de un recorrido corto junto a nuestro anfitrión (que nos abandonaría ya que debía viajar a Montevideo) comimos unos enlatados y frutas para luego irnos en bici hacia una cascada.

Hacía calor, pero el cielo se tornaba cada vez más gris, indicando que una lluvia se acercaba. Un recorrido totalmente disfrutable mediante caminos de tosca y rocoso que hacía vibrar nuestras bicicletas. La cascada se encuentra en un predio privado, por lo cual debimos pagar una módica suma ($50) a una de las propietarias, que a su vez nos invitó a probar algunos licores caseros que allí se hacían. Álvaro no lo pensó dos veces y compró uno de naranja que frente al arroyo Yerbal Chico, y su agua cristalina, comenzamos a beber.

Cuando las primeras gotas de la lluvia comenzaron a caer, nos metimos en el agua para darnos un baño que resultó muy refrescante y apacible. Agua de la cual también bebimos, y seguramente sea de los pocos lugares que quedan en Uruguay donde esto puede hacerse.

De retorno al lugar del campamento, nos fuimos hasta el mirador. Allí dejamos las bicicletas y comenzamos a caminar por el sendero de la quebrada, el cual hicimos en más de dos horas. Un recorrido que por momentos se torna complicado ya que tiene mucho “sube y baja”, pero que nosotros sin apuro, supimos disfrutar, maravillándonos con el silencio y los sonido de la naturaleza en su más pura expresión. Observando cada una de las especies autóctonas que allí se encuentran, olvidando por completo los relojes y las distracciones tecnológicas.

Cuando la tarde comenzaba a caer, fuimos retornando hacia el campamento. A la noche nos iríamos a cenar comida casera a una posada y restaurant de la zona, llamado “El Capricho”, donde compartimos también una inolvidable guitarreada en la cual no faltaron algunas canciones populares nacidas por los pagos olimareños.

Fue allá por semana de turismo 2009 o 2010 que conocí a Daniel. Yo había llegado junto a un grupo de amigos a conocer la Quebrada. Recuerdo que en la puerta del centro de interpretación había un cartel que invitaba a realizar un recorrido guiado nocturno, algo así como “caminata lunar por la Quebrada”. Sin pensarlo dos veces, con aquella barra de gurises llegamos intrigados para ser parte de una experiencia que pintaba interesante. Allí, sin mucha presentación formal, nos recibió Daniel quien esa noche nos hizo un tour guiado inolvidable, signado por lo especial que se veía la Quebrada (iluminada solamente por la luna) y sus relatos mágicos que mezclaban la naturaleza con leyendas indígenas. Él no lo sabría hasta esta nueva visita, pero ese sendero marcaría en gran medida el sentido vivencial que me inspiraría para crear el “Camino de Leandro Gómez”, que en 2014 fue estrenado en Paysandú.

Esta milonga es milonga y es de Sierras del Yerbal

Me la contaron las grotas y las piedras de afilar;

el rumor del romerillo y el viento en el carobal y la mirada ariscona del animal

montaraz. (…)