DÍA 39 – En las tierras del yerbal

Sábado 30 de enero de 2016.

Un nuevo despertar en la impresionante Quebrada de los Cuervos, primer paisaje ingresado al Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP) allá por 2008. La mañana se encontraba fresca y la escarcha mojaba nuestras carpas.

El campamento lo ubicamos al lado de uno de los quinchos que el área dispone para los visitantes. Una de las cosas que le da un “toque” especial al lugar, es la inexistencia de energía eléctrica, lo cual hace que las noches aquí tengan su particularidad. Por esto es que las casas y alojamientos que se encuentran en esta área, poseen energía solar o generadores.

La segunda noche en la Quebrada, resultó un espectáculo memorable. No hubo luna y por ende, las estrellas parecían brillar como nunca en el cielo olimareño, reluciendo solamente a lo lejos (unos 45 kms), el resplandor citadino de la capital departamental.

Sentados en el pasto durante buen rato, observamos aquella maravilla, mientras les comentaba a Juan y Francisco acerca de la velocidad con la cual hoy en día estamos mal acostumbrados a vivir. “¿Cuántas veces y momentos en el año se toman tiempo para mirar el cielo?”, recuerdo que fue una de las preguntas que les hice a mis compañeros en esta aventura.

El destino final en la travesía de hoy, sería la ciudad de Treinta y Tres. Previendo que iba a ser calurosa la jornada, me levanté temprano para desarmar el campamento y arrancar a pedalear bajo un sol más liviano.  

Como sería moneda corriente durante la travesía, al que llevó más tiempo guardar sus cosas, fue a Álvaro. Su experiente pasividad contrasta con la ansiedad de los otros tres ciclistas. Nunca muy apurado, aunque siempre dispuesto a dar una mano a los compañeros (para ajustar las bicicletas o cosas que surgen en los campamentos), Alvarito va guardando minuciosamente sus objetos y corroborando que no quede basura, ni cosas olvidadas en el lugar.

Por este motivo, Francisco, Juan y yo decidimos arrancar antes que él para continuar el pedaleo. En la portería -ingreso a la Quebrada- conversamos con Andrés y Arnoldo, funcionarios municipales que desde hace tiempo trabajan allí. Les pregunto sobre su cargo y contestan que siempre es muy tranquilo y que también llegan muchos turistas extranjeros. En efecto, durante nuestra estadía, vimos ingresar visitantes de por lo menos tres países, entre ellos franceses y chilenos.

Después llegó el abrazo cordial y la partida por el camino de tosca, ésta vez con destino a la ruta 8. Un camino sumamente disfrutable por dos motivos: un camino llano (con muchas bajadas) y con paisajes para encuadrar. No faltaron las fotos durante el trayecto, pero más importante aún, no faltaron los momentos para pensar en soledad, algo tan simple como enriquecedor que los viajes como éste permiten.

Dicen por aquí, que la quebrada supo ser lugar de escondite del matrero Martín Aquino. También dicen que la quebrada fue uno de los primeros paseos que hizo el maestro Ruben Lena. El autor de tantas canciones de Los Olimareños, alguna vez dijo algo muy sabio: “En la soledad uno se encuentra a sí mismo, reflexiona sobre cosas que antes le pasaban al lado y no las veía, comienza a preguntarse los por qué de tanta injusticia, de tanta marginación, de tantos destinos miserables que pasan inexorablemente de padres a hijos.”

Ruta 8 y noche en Treinta y Tres

Tras 25 kms de aquel camino, llegamos finalmente al cruce con la ruta 8. El relegado Alvarito nos demostró una vez más su impecable estado físico. Si bien había salido media hora después que nosotros, logró alcanzarnos antes de llegar a la ruta.

A lo largo de los restantes veinte kilómetros, fuimos haciendo algunas paradas para descansar, hidratarnos y refrescarnos en arroyos y cañadas. Este recorrido no fue tan agradable ya que además de tener bastante repecho, es muy transitado por camiones de carga. Por lo tanto, tomamos las precauciones del caso, avanzando por la banquina y en fila india hacia nuestro destino.

Gran emoción sentimos al divisar el cartel rutero que anunciaba el ingreso a la ciudad olimareña, sin embargo todavía faltaban algunos kilómetros más para empezar a transitar por zona urbana. A esa altura y con el trajín de días anteriores, el trayecto me parecía eterno. En lo personal, a diferencia de otras travesías, sin dudas mi estado físico es muy malo. Eso me hace pensar también que, más allá de las ganas de conocer que uno pueda tener, es fundamental hacerlo con un entrenamiento mínimo, cosa que por diferentes motivos no hice en esta ocasión.

La entrada a la ciudad fue por calle Las Palmas, donde pudimos comprar agua, comida y frutas, que fueron claves para tomar impulso y llegar al lugar donde pararíamos esa noche. Se trataba del Estadio Municipal de Treinta y Tres, denominado “Empleados del comercio”. Allí dejamos las cosas, nos dimos un baño reponedor y volvimos a salir en nuestras bicicletas para aprovechar a conocer el pago.

El movimiento en la ciudad nos llama la atención y se ve mucha gente en las calles; posiblemente se deba al fin de semana, cuando sobre todo los jóvenes -radicados en otras ciudades por estudio o trabajo- vuelven para visitar a sus familias.

Otra particularidad es la cantidad de monumentos atractivos que se observan. Entre ellos se destacan: el arco del bicentenario, el monumento a los 33 orientales en la plaza 19 de abril, el obelisco en memoria de los fundadores de la ciudad, los monumentos a Dionisio Díaz y los fundadores del PCU en Uruguay (ver recuadros).

Por estos lares hay un dicho que sentencia “quien toma agua del olimar, vuelve”. En mi caso, no tomé nunca el agua pero aunque ya lo conocía, sin dudas este río tiene algo especial que invita a visitarlo. El sol ya estaba bajando, pero no podíamos dejarlo fuera del circuito. Hasta allá llegamos en nuestras bicis, para contemplar desde la costa, el paisaje que brinda la playa -punto principal de encuentro para los olimareños- justo bajo el puente de ruta 8 por el cual se accede a la ciudad desde Montevideo.

Alvarito fue el único valiente que se animó al baño, mientras nosotros lo esperábamos afuera para seguir el paseo, que después incluyó una foto en el gran cartel (similar al de Montevideo) con las letras que forman la palabra “Olimar”.

De retorno, ya en la noche, paramos en una pizzería céntrica para cenar. Luego la hora de dormir. El descanso en el estadio sería casi imposible, dado que esa noche se encontraba concentrando la selección local que pocos días después jugaría un importante partido. Una concentración muy particular por cierto, porque hasta pasada la medianoche lo menos que hubo en ese lugar fue “concentración” y sí mucho ruido generado por interminables partidos de ping pong y televisores a todo volumen.

Mientras intentaba pegar un ojo -lo cual lograría finalmente por cansancio- pensaba en el contraste de esa noche con la anterior. Mientras en la quebrada solo se respiraba la tranquilidad de la naturaleza pura, aquí se escuchaba el selvático sonido de la civilización.

A la mañana siguiente, el viaje continuaría su rumbo con un traslado en ómnibus hacia Aiguá. Allí reiniciaríamos el pedaleando hacia el destino final de la travesía, pero en esa ocasión con un compañero menos por un problema con su bicicleta.

*Agradecemos al Director de Turismo olimareño, Sr. Ricardo Olivera por el alojamiento.

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En diciembre 2012, con la presencia del intendente departamental, ediles y dirigentes nacionales y locales del Partido Comunista del Uruguay, se inauguró una plazoleta en homenaje a los fundadores de dicho partido en Uruguay. Se trata de un monumento que cuenta con el símbolo de la Hoz y el Martillo en color rojo y una placa de bronce con los nombres de los 15 fundadores del PCU de dicha ciudad. Algunos artículos que hablan sobre la noticia, destacan el hecho de que el proyecto fue aprobado por la mayoría de los ediles de los diferentes partidos políticos representados en la Junta Departamental de Treinta y Tres.

DSC07515Una noche de mayo, en 1929, al pequeño Dionisio Díaz lo despertó un ruido. Caminó a oscuras hacia la pieza de su madre y tropezó con su cuerpo en el suelo. Bajo el parral del patio oyó a dos personas luchando. Desde las sombras su tío Eduardo le pidió que le trajera un cuchillo y, cuando se lo alcanzaba, el niño sintió un dolor en el abdomen: alguien lo había apuñalado. Entonces vendó su herida con una sábana, levantó de la cuna a su hermanita de once meses y esperó escondido el amanecer para caminar hacia el poblado del Oro (hoy Mendizábal). Recorrió siete kilómetros llevando a su hermana en brazos. Dos días después, murió.

A su abuelo se atribuye un ataque de locura que derivó en la tragedia. Sin embargo, el año pasado, el investigador Hugo Bervejillo publicó la obra “Dionisio Díaz, anatomía de un crimen” donde pone en duda que el abuelo haya sido el autor de aquel ataque.  Lo cierto es que aún por estos días, el monumento que recuerda al niño del arroyo de oro sigue siendo un lugar sagrado al cual muchos olimareños y visitantes concurren a rendirle homenaje o en busca de fe.