DÍA 40 – Nostalgias olimareñas

Domingo 31 de enero 2016

La de anoche fue una noche con poco descanso, y siendo sincero, para el olvido. Es que el plantel de la selección de fútbol olimareña, que se concentraba en el estadio municipal de la ciudad de Treinta y Tres (donde nos quedamos) me tuvo a maltraer hasta largas horas de la madrugada. Entre televisores a todo volumen y partidos de ping pong eternos, se hizo difícil pegar el ojo. Pero bueno, al fin y al cabo, viajar con el espíritu abierto da lugar a experiencias no tan gratas y de las cuales también se aprende.

De las vivencias negativas siempre se saca algo positivo y al menos en mi caso, la mala noche me llevó a valorar otros momentos lindos también experimentados en este y otros viajes de Uruguay Alternativo. Por ejemplo, el campamento a la vera de la ruta que nos esperaría esta misma noche.

Nos levantamos bien temprano y con muchas ganas de salir a hacer ruta otra vez, más allá del cansancio que algunos padecíamos, después de cuatro días pedaleando, y en ocasiones, haciendo una buena cantidad de kilómetros por jornada.

Antes de partir, Álvaro se me arrimó con cara de preocupación y sin levantar mucho la voz me dice: “La bici del flaco está pinchada”.

“El flaco” al cual se refería, era Francisco a quien le cambió la cara radicalmente al tantear la rueda de delante de su bici, que efectivamente se encontraba desinflada. El reloj indicaba que estábamos cerca de las nueve de la mañana, hora en la cual el ómnibus que teníamos previsto tomar hacia Aiguá, saldría.

El destino parecía estar escrito para Francisco que al igual que Alvarito, era uno de los dos que llevaba cámara de repuesto. Sin embargo, pese a ser nueva, increíblemente venía fallada y no servía.

Entre los nervios de la partida, se generó un momento de tensión, el primero de la travesía. Relacionado por un lado, con la amargura y también calentura de Francisco por la situación que estaba padeciendo. Por el otro, Álvaro que le reprochaba (al igual que a mí y al otro Juan) el porqué de salir a pedalear sin repuestos ni otras herramientas para ello.

Sonaba lógico su planteo, por lo cual no podíamos negar que tenía razón. Siendo sincero, entre todas las travesías hasta ahora realizadas, era la primera vez que pensaba en lo que él estaba planteando. Quizás, el hecho de que nunca me ocurrió ningún tipo de problema con las bicicletas, me llevó erróneamente a pensar que nada podría sucederme ahora. Más allá del planteo y la situación, tampoco tuve interés en pensar demasiado en el asunto porque lo que a mí me interesa, es el viaje y nada más. Si me ocurriera algo, evidentemente alguna solución le buscaría al problema. Pero yo lo que quiero es viajar libremente, entonces pensar y planificar mucho en eventualidades que puedan suscitarse no está –aunque suene paradójico- en mi plan. Por lo general, he vivido con espontaneidad cada una de las aventuras ruteras, y también creo que eso ha sido en gran parte lo que las hizo más disfrutables.

“Ser espontáneo”, esa es la cuestión a la hora de viajar alternativamente. Porque si yo planifico todo mi viaje… ¿dónde está entonces la aventura?

Uruguay alternativo para mí ha sido más que un proyecto. Ha sido por lejos una de las mejores escuelas que me ha dado la vida, porque como dice el poema: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Y de eso se han tratado estos viajes.

Pero bueno, dejo un rato la reflexión viajera y vuelvo al día cinco de la travesía final de “El gran tour” alternativo.

Estábamos en la agencia de ómnibus, la única que une Treinta y Tres con Maldonado. Alvaro seguía renegando, ésta vez porque no podía entender “cómo íbamos a pagar para andar en ómnibus” y aprovecharía también a fustigar otro poco por el hecho de haber cenado en una pizzería la noche anterior.

La participación de Francisco en el tramo final de la aventura era imposible y definitivamente decidió bajarse. Eso lo resolvería durante el viaje en el ómnibus. Cuando Alvaro, Juan y yo llegásemos a Aiguá, continuaría el camino rumbo a Punta del este, donde lo esperaba su familia.

El viaje duró algo más que una hora y media. Transcurrió sin mediar muchas palabras. Aproveché a sestear un rato, más teniendo en cuenta la ajetreada noche olimareña.

 

Aiguá: una ciudad entre sierras

José Pedro Varela, Pirarajá, Mariscala, fueron algunos de los centros poblados que fuimos atravesando por la ruta ocho, hasta ingresar a la 39 que finalmente nos desembocaría en Aiguá (ver recuadro). La ciudad se encuentra localizada al norte del departamento de Maldonado, rodeada por un valle de serranías que sin dudas le brindan un entorno muy particular.

Llegamos sobre el mediodía y descendimos en la agencia que se ubica en el centro de la ciudad. Arriba del bus quedó Francisco, mientras que los que bajamos fuimos buscando la poca sombra que había para aprontar una vez más las bicicletas y emprender el camino.

En un intento por descontracturar y aclarar un poco la situación suscitada a raíz de las últimas palabras de Alvarito (previo a la subida al bondi en Treinta y Tres) le comento algo así: “Mirá Alvaro, yo sé que vos sos un profesional de la ruta, y entiendo que tengas tus maneras de hacer las cosas por eso, pero nosotros no somos profesionales, somos viajeros y queremos disfrutar del viaje”. En otros términos, le di a entender que no quería planificar todo ni mucho menos ponerme a discutir por ese tipo de cosas con él, ni con nadie. Pareció entender a la perfección el mensaje, que al fin y al cabo era en otras palabras un “tómalo o déjalo”. La respuesta fue corta y concisa, Alvarito seguiría acompañándonos en la ruta, pero condicionado (en buen sentido) por mi mensaje.

Después de un breve recorrido por la ciudad, que se encontraba tipo pueblo fantasma, por ser domingo, hora de la siesta y encima el calor que hacía. Solamente había un par de almacenes donde pudimos surtirnos de agua y fruta. Mientras Álvaro seguía ajustando la chiva, con Juan nos fuimos a un banco de la plaza para comer y luego sí, reiniciamos el pedaleo.

Durante varias horas, atravesando sierras y camino sinuoso por la ruta 39, finalmente al caer la tarde encontraríamos un lugar ideal donde pasar la noche.

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Aiguá, en guaraní significa “agua que corre”. Viven aquí alrededores de 2500 personas, según el censo 2011.

Las tierras que hoy ocupa la ciudad, pertenecieron por disposición real a don Jerónimo Muniz, en el año 1774. Su nieta Margarita Muniz fue quien las heredó y el 21 de noviembre de 1892 donó los terrenos necesarios para la instalación y fundación de un pueblo bajo la advocación de San Antonio, junto al arroyo que le da su nombre. El 9 de mayo de 1906, Aiguá fue reconocido oficialmente como pueblo por ley, mientras que el 4 de enero de 1956 recibió la categoría de ciudad.

Tanto por la ruta 39 como la 109, se pueden observar interesantes paisajes serranos que sin duda hacen de Aiguá y alrededores, sean una propuesta ecoturística de gran valor.

No muy lejos de aquí se encuentra el punto más alto del país. Se trata del Cerro Catedral  (514 metros) y al cual se accede desde el km 67 de la ruta 39. También otro lugar de interés que se ubica en los alrededores de Aigués, es la Gruta del Salamanca. Esta cueva supo ser antiguo refugio de fieras, contrabandistas y de un famoso bandido apellidado Lemos, que dio nombre a uno de sus rincones.

Además, en esta ciudad, nació Domingo Burgueño Miguel, figura muy popular y aún hoy recordada por los ciudadanos del departamento, electo intendente de Maldonado en dos ocasiones: 1989 y 1994.  Murió en 1998, durante su segundo mandato.