DÍA 41 – El último tramo

Lunes 1 de febrero 2016

Claro, ventoso y limpio. Así fue el amanecer y la mañana de este día, el último de la nueva aventura iniciada el pasado miércoles en Cerro Chato. Estábamos a pocos kilómetros del paraje “La Coronilla”, ubicado a la altura del kilómetro 69 de la ruta 39 que une Aiguá con la capital fernandina.

Hasta allí habíamos llegado extenuados al caer la noche, tres de los cuatro ciclistas que comenzamos la travesía. Francisco debió abandonar el día anterior, debido a un pinchazo que no pudo ser reparado.

Con Álvaro y mi tocayo armamos el campamento al costado de la ruta, en el camino de acceso a un campo que parecía no ser transitado hacía buen tiempo. Para ello, pedimos autorización previa a una señora que salía desde una vieja casa.

El terreno se encontraba sucio, el pasto estaba muy alto, pero lo más amenazante era la cantidad de espinas de coronilla seca que pululaba en el suelo. Una de ellas, traspasó mi zapatilla, pero afortunadamente para mí, pisé con poca fuerza y solo me provocó una herida superficial.  

A lo lejos, se vislumbran las imponentes hélices del parque eólico ubicado sobre las sierras de los caracoles, uno de los más importantes existentes en Uruguay.

La noche del campamento improvisado en este lugar, fue sin dudas una de las mejores de este tour, junto a las de la Quebrada de los Cuervos. Me animo a decir también que fue una de las más memorables vividas a lo largo de todos los viajes de Uruguay Alternativo.

La magia del fuego

Álvaro, el tipo más “natural” con el que me tocó viajar, además de ser vegetariano es un amante de todo lo relacionado a lo ambiental. Con algunas ramas y hojas secas, prendió un fuego que sirvió para calentarnos en la fresca noche, y también cocinar unas verduras que, con mucho gusto después comeríamos.

El ejercicio atlético -en este caso la bici- provoca mucha hambre. Pero creo también que más allá del simple hecho de “comer”, en estos viajes uno aprende a visualizar cosa tan simple como el acto de alimentarse. Pero esto que parece tan sencillo, es algo en realidad más profundo y está atado al tiempo. Es que no solo es producto del desgaste de energía las tremendas ganas de comer, sino también el hecho de que uno logre “hacerse tiempo” para comer. Entonces uno disfruta mucho más de cada bocado, de cada plato.

Viajar con espíritu abierto, permite un mejor y mayor equilibrio entre cuerpo y alma, dado que uno simplemente se deja llevar por el viaje, permitiendo lo mágico y vital de reencontrarse con uno mismo, eso que a veces nos parece tan difícil en la vorágine de los tiempos en los cuales vivimos por estos días.  

A la luz del fogón, vinieron las charlas. Cada uno contando parte de su historia, cada uno contando algo de su vida. Me viene a la mente el recuerdo de mi infancia, de aquellos apagones en el campo y el ambiente maravilloso que eso generaba. No había celulares ni otros aparatos electrónicos que distrajeran a nadie, entonces sencillamente venían los relatos, las leyendas o los cuentos de miedo que nuestro abuelo nos hacía. Aparecían las guitarreadas y las cantarolas en familia. Al fin y al cabo, eran momentos de encuentro inolvidables, que se diluían ni bien las luces volvían a encenderse.

Aquella noche memorable transcurrió entre charlas que a veces parecían conversaciones con uno mismo o discursos con el fogón. Y vuelvo aquí al tema del tiempo. Hace unos días un peluquero me dijo algo muy sabio: “Vivimos preocupados por el tiempo, vivimos pensando en lo que va a pasar al otro día siempre”. Es necesario hacerse tiempo para detenernos y mirar hacia atrás, ver el camino recorrido. Avanzar es la clave, pero también es bueno recordar lo que fue y ha sido de nosotros para poder transitar mejor hacia adelante.

Pedaleando hasta el final

El único episodio que cortó por minutos la magia, fue una vez más la presencia policial en nuestro campamento improvisado. Vale decir que en esta ocasión, los funcionarios no tuvieron la misma prepotencia que aquel milico que días atrás nos “metió el gaucho” en Tupambaé. Resultó que una señora alertó al 911 por la existencia de “un incendio” al costado de la ruta. Vaya que hay gente con ganas de joder. Por una simple fogata, la preocupada ciudadana había molestado a la policía con semejante estupidez. Digo yo: ¿por qué no se habrá molestado en preguntarnos? Aunque muy probablemente se haya asustado con la idea detener el auto y bajarse a decirnos algo… no sea cosa que fuésemos unos matreros al acecho.

A la mañana siguiente nos levantamos a eso de las ocho y media y nos encontramos con otra bicicleta pinchada. Esta vez le tocó el turno a Juan Andrés, quien había agarrado una espina de coronilla. “Cagamos”, pensé. Sin embargo, el siempre oportuno Alvarito encontraría la solución. Sin balde ni agua, se las arregló para encontrar el pinchazo utilizando saliva y los oídos. No solo encontró el problema, sino que lo solucionó con una sencilla gota de pegamento.

Subsanado el tema, después de una hora y media (casi dos) de apronte, marchamos a la ruta. Algo más de 60 kms nos esperaban para culminar la travesía. Allá arrancamos con Juan, para ser alcanzados tiempo después por Álvaro.

Camino de mucha bajada y algún que otro repecho. A medida que avanzábamos íbamos saliendo de la zona de sierras rumbo a la zona costera, donde es mucho más llano. Por esta ruta, el día anterior, hicimos una parada en un almacén llamado “El paraje”, atendido por una señora de más de setenta años llamada Alba. Ella nos contó que por allí “pasan muchos turistas” sobre todo provenientes de Brasil (lo cual pudimos corroborar nosotros mismos). También nos contó sobre un viejo proyecto que al parecer la Intendencia ha reflotado, relacionado con la construcción de un complejo termal en la zona cercana a las Grutas del Salamanca.

Durante buen rato, estuvimos escuchando su historia, que realmente era de novela. Nos contó que cuando era niña le decía a su madre “yo quiero saber que hay atrás de esos cerros”, lo cual nunca pudo saber hasta el día que se escapó de su casa. Fue a parar entonces a lo de su hermana mayor, que vivía en Minas y donde se instaló pese a la negativa del padre. Llegó a trabajar de extra en una película sobre el éxodo del pueblo oriental y con esa plata compró una muñeca y un bolso para su madre. Años después, su espíritu aventurero seguía más vivo que nunca y se casaría con un argentino que trabajaba en un circo. Hoy, varios años después, vive de su comercio pero más que nada de los negocios inmobiliarios. Es que desde hace mucho tiempo, se dedica a vivir de las comisiones por venta de terrenos que ella misma ofrece en una cartelera toda hecha a mano. Tan pintoresco como cierto, pero lo real es que gracias a eso ha podido comprar su casa y también la de cada uno de sus hijos, pero no se queda solo con eso, sino que por estos días piensa abrir también una barraca.

Llegada en solitario

Simbólicamente, el viaje lo terminé igual que como lo empecé allá en aquella primera travesía iniciada en marzo de 2013: en solitario. En el cruce de las rutas 39 y 9, Álvaro emprendió marcha a Piriápolis. Abrazo apretado y un “hasta luego” con quien no solo había oficiado como el más experimentado de los ciclistas, sino también como buen compañero y solucionador de algunos problemas surgidos durante estos días de pedaleo.

De llegada a San Carlos paramos con Juan en una panadería donde compramos algo para comer. Como si fuera una señal del destino, al agarrar las bicis nos percatamos que la de Juan estaba de nuevo desinflada. Empezamos a caminar por la calle Alvariza hasta encontrar donde repararla. La situación no me dio para pensar en otra cosa que no fuera continuar mi marcha en soledad.  

Tenía ganas de recorrer ese último tramo con la única compañía de mi bicicleta. A lo largo de los kilómetros fui recordando todas las aventuras suscitadas en cada uno de los viajes realizados estos años. No solo recordé momentos, sino también estados del alma por los cuales he atravesado cada uno de los caminos. Cada viaje es diferente y es también un nuevo aprendizaje. En este caso, se trata del fin de un ciclo del cual he aprendido mucho.

A partir de ahora emprendo “otro viaje”. Ya no serán las rutas ni los caminos escondidos por algún rincón del país. Se trata de empezar a transitar en la elaboración de un libro, el diario de viaje, una de las grandes metas propuestas desde el inicio mismo de este proyecto que ha significado “mucho más que un proyecto”. Ha sido un proceso de enriquecimiento espiritual, que puedo afirmar sin vacilar, ha influido en mi vida en muchos aspectos. Particularmente, en el camino del autoconocimiento de mi propio ser, porque es cierto que -como dice una canción- viajando se fortalece el corazón. También me ha enriquecido el compartir. Haber viajado con gente tan distinta, en algunos casos (como éste último viaje) con personas que vi por primera vez en mi vida, te deja una o varias enseñanzas.

Sonrisas, enojos, desafíos, fue mucho lo que me dejó el transitar tantos caminos en los cuales lo mejor ha sido conocer de tantas realidades diferentes, de tantas costumbres y tradiciones distintas. Y también puedo decir que, más allá de lo valioso que resulta, estar en soledad con uno mismo, la clave está en compartir.

Finalizo entonces parafraseando a aquel loco de Chris McCandless: “la felicidad solo es real cuando se comparte”.

El Parque eólico en Sierras de los Caracoles fue inaugurado en 2014, en las proximidades del kilómetro 34 de la ruta 39 en Maldonado. Consta de 25 aerogeneradores de dos megavatios de potencia cada uno. Tiene una capacidad de producción anual de energía equivalente a lo que consumen anualmente en promedio, unos 100.000 uruguayos.