El niño del arroyo de oro

Una noche de mayo, en 1929, al pequeño Dionisio Díaz lo despertó un ruido. Caminó a oscuras hacia la pieza de su madre y tropezó con su cuerpo en el suelo. Bajo el parral del patio oyó a dos personas luchando. Desde las sombras su tío Eduardo le pidió que le trajera un cuchillo y, cuando se lo alcanzaba, el niño sintió un dolor en el abdomen: alguien lo había apuñalado. Entonces vendó su herida con una sábana, levantó de la cuna a su hermanita de once meses y esperó escondido el amanecer para caminar hacia el poblado del Oro (hoy pueblo Mendizábal). Recorrió siete kilómetros llevando a su hermana en brazos. Dos días después, murió.

La versión oficial atribuyó a su abuelo un ataque de locura como la causante de aquella tragedia. Sin embargo, años después, el investigador Hugo Bervejillo publicó la obra “Dionisio Díaz, anatomía de un crimen” donde pone en duda esa versión y señala que el ataque tuvo motivos económicos y políticos.

En 1929 reinaba la lucha entre facciones políticas en el departamento, bajo un gobierno colorado, y la práctica del contrabando era habitual. En Treinta y Tres, aseguró el investigador en una entrevista en Emisoria del Sur realizada en 2016, “no pasaba nada” con lo que Saravia, el “dueño político” y hombre fuerte del departamento, estuviera en desacuerdo. “Las jefaturas eran todas adictas a José Saravia, estaban todas puestas a dedo”, sostuvo Bervejillo, y agregó, “la persona que tomó la decisión de hacer desaparecer a la familia Díaz, era del entorno de Saravia, leer el expediente es acceder a una conspiración para silenciar ese asesinato múltiple”.

Lo cierto es que aún por estos días, el monumento que recuerda al niño del arroyo de oro sigue siendo un lugar sagrado al cual muchos olimareños y visitantes concurren a rendirle homenaje y en busca de fe.